AL TRASLUZ
Deudas del corazón
ESTE PERIÓDICO subtitulaba ayer la información sobre la misa funeral por Chencho con un hermoso mensaje del sacerdote, que también a mí se me quedó: «La muerte no es el final». Nuestro amigo tuvo una homilía muy bella, como la tuvo en su día Benigno Castro. Qué mejor broche final para un gran columnista que el epitafio de una hermosa homilía. Fueron también emocionantes las palabras del familiar o allegado que intervino, impregnadas de religiosidad inteligente. Me sumo a la carta en la que Cecilio Vallejo propone que un chaflán lleve el nombre de nuestro colega. Ayer me cruzaba con Enrique, amigo y contertulio suyo, quien también proponía algo similar: «Que no sea por cumplir y en una zona perdida», me recalcaba. Una calle llamada Balcón del pueblo ha de ser forzosamente un buen lugar, aunque sólo fuese para que paseen por ella los solitarios o quienes sueñan con ser periodistas. Tal vez tenga razón Crémer y el destino final de todo hombre sea, pasado un tiempo, la expulsión de la memoria colectiva; quizá, pero que sean otros quienes olviden, nosotros paguemos al corazón nuestras deudas. Y mientras la inevitable desmemoria llega, ganémosle un pulso a la ingratitud, que la gran mancha no se salga con la suya; no aquí y ahora. Chencho o su sección se merecen una calle, los chopos ya los pondremos nosotros con la imaginación. Que las futuras generaciones honren a sus mejores hombres, nosotros ocupémonos de los nuestros. Y sí, algún día, irrumpirá el olvido, pero no estaremos para ser sus cómplices, ni para acatar sus leyes. La victoria es nuestra, pues cada cual lleva dentro de sí el callejero invisible, aquel que recorremos sin necesidad de dar un paso, donde todo lo que importa nos queda cerca. Pero mientras, paguemos nuestras deudas.