Publicado por
JAVIER TOMÉ
León

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APARTE DE AQUELLAS huchas del Domund configuradas a modo de entrañable cara amarilla que ciertos niños y niñas paseaban con fe de carbonero, lo único que sabíamos a propósito de raza oriental venía derivado de películas tan sensacionales como «Fu Manchú y el beso de la muerte», repetidas hasta la saciedad en el recordado cine Avenida. En filmes de semejante hechuras se catalogaba a los hijos de la flor de loto, o de quien fueran, como traicioneros y peores que el peluquero de Hitler. Hubo de pasar algún tiempo para que filósofos del humorismo con la categoría de Álvaro de Laiglesia señalaran, a su particular modo y manera, las diferencias sustanciales entre ellos y nosotros. Afirmando, por ejemplo, que en Oriente la mujer no suele ver al hombre antes de casarse. Y en Occidente, después. Las cosas ha cambiado desde entonces, pues China se encamina a velocidad de crucero hacia su consagración como gran potencia económica del siglo XXI, olvidando definitivamente esa añeja y secular práctica de las cuatro «v»: viejas ideas, vieja cultura, viejas costumbres y viejos hábitos. Una vez encendida la llama olímpica que marca el arranque de unos juegos que, según nos adelantan, serán los más vistosos de toda la historia, son muchas las voces que cuestionan la legitimidad moral de un país enredado ahora mismo en una suerte de batalla de Vorodino con los monjes tibetanos. Sarkozy ha llegado a amenazar con boicotear los juegos en caso de que el comportamiento chino siga siendo más bruto que la porra de Blas. Y los mandatarios de dicho país han respondido que vale, pero a modo de legítima contraprestación exigen la prohibición de las canciones de Carla Bruni por ser lesivas para el agujero de la capa de ozono. Toda una muestra de la reconocida astucia oriental.

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