León

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QUIEN SE SIENTA totalmente feliz es un cretino, ha declarado Umberto Eco en una reciente entrevista concedida a El País. Y se ha reconocido «casi feliz», declaración que ha merecido un titular y una llamada en primera. La de mundos que caben en un adverbio de cuatro letras dicho por un gran semiólogo. «No creo en la felicidad, si le digo la verdad, creo en la inquietud», matizaba entre risas, pues le gustan las paradojas del lenguaje. Admitía que, como nuestro Goya, aún sigue aprendiendo, y además disfrutando con ello. Pero, en efecto, cómo sentirse plenamente feliz, aún teniendo motivos, cuando los demás no lo son, mientras el gran blues suena. Según una investigación de la Universidad de Edimburgo, determinados genes predisponen a la felicidad. Sin embargo, también casi nunca las cosas son tan sencillas. Algunas personas logran darnos la felicidad que ellos mismos no son conscientes de tener, incluso aquella que claramente no tienen., entonces ¿de qué cofre oculto la sacan, cómo esquivan las inclinaciones de su código genético? A veces resulta difícil concretar a que gama pertenecen ciertas emociones que nos asaltan, indefinibles como los colores del crepúsculo. Quién no se ha preguntado ¿Esto que siento es tristeza o, por el contrario, alegría con otra máscara? ¿Tal logro verdaderamente lo fue o se trataba del fracaso con traje de gala? El «casi feliz» de este intelectual es algo más que el decoro diplomático de quien se ha realizado en muchos frentes. Los semiólogos saben que en aquello que comunicamos siempre hay algo más, oculto, incluso en los adverbios. No debemos descartar que estuviera dándonos pistas sobre alguna de esas verdades que no se aprenden en los libros. Después de todo, él sí sabe cuál es el nombre de la rosa.

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