EN POCAS PALABRAS LETRA PEQUEÑA
El crédito de la Academia La ley del embudo
EL ESCRITOR leonés José María Merino y el cineasta José Luis Borau han sido elegidos académicos de número en la Real Academia Española (RAE). El primero ocupará el sillón «m», vacante por la muerte de Claudio Guillén, y el segundo ocupará el sillón «B», que pertenecía a Fernando Fernán-Gómez. La institución dirigida por Víctor García de la Concha ha tomado estas decisiones en una reunión especial que resultó ser poco disputada. Merino está especializado en la narración corta y su candidatura fue propuesta por Arturo Pérez Reverte, Álvaro Pombo y Luis Mateo Díez. No cabe duda de que los dos nuevos académicos son personalidades relevantes con méritos suficientes para que hayan obtenido el reconocimiento que reciben; sin embargo, la Academia sigue siendo arbitraria por cuanto faltan en ella algunos de los principales nombres de la literatura; en tanto no se subsanen las paradojas, su crédito seguirá muy limitado. LOS HECHOS son tenaces y el problema aplazado del agua -no al trasvase del Ebro, sí a las desaladoras que no resuelven-, le está pasando factura al Gobierno Zapatero. El PSOE derogó el Trasvase del Ebro pero ahora los socialistas que gobiernan en Cataluña quieren agua del Segre, un afluente del Ebro. Ahora, el cobrador del frac es José Montilla, el presidente la Generalitat. Cuando Carod Rovira mandaba en ERC y Pasqual Maragall era su profeta, se cerraron las compuertas a cualquier plan de trasvase que tuviera como origen el Ebro. Ahora que hablar de escasez de agua en Barcelona no es un recurso literario, desde el mismo tripartito en el que sigue Carod Rovira como vicepresidente, han descubierto el Segre. Como es un afluente, pero no el Ebro propiamente dicho, aquí sí que puede llevarse a cabo un trasvase. Tanto esfuerzo, tanta demagogia, tantas manifestaciones y tanto enfrentamiento entre comunidades por algo que no depende más que de un cambio de palabra. Si se realiza el trasvase -a Barcelona sí, a Valencia y Murcia, no- será por la «ley del embudo». Y nunca mejor dicho.