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MARÍA J. MUÑIZ
León

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EL LEONESISMO bien entendido, como la caridad, empieza seguramente por uno mismo. A saber: la defensa de lo leonés, lo de antaño, lo de hoy y lo que tenga que ser mañana, puede y debe realizarse desde muy distintas posiciones, sin tener que llevar la bandera carmesí ni a modo de coraza ni a modo de sudario. Muchos somos los que defendemos León y lo leonés con lo que mejor se protege aquello que se aprecia: con trabajo, con empeño, con ilusión, con confianza. Y con reivindicación que no tiene por qué ir teñida de folclore ni de agravio comparativo. Y, mal que le pese a unos cuantos que creen que el patio de esta casa es muy particular (suyo), ese es también nuestro mérito. El leonesismo bien entendido, metido en los sobres que miles de leoneses bienintencionados y defensores de lo suyo han depositado durante años en las urnas, ha reportado sustanciosos réditos a quienes lo han rentabilizado políticamente. Lástima que hayan dilapidado tal patrimonio, una tarea a la que por cierto se han aplicado los gestores del sentimiento de la patria chica (o grande, que esto es reino) desde el mismo momento de la creación de las formaciones políticas que se lo apropiaron. Parecía tan fácil de manipular ese denominado leonesismo sociológico, que se les fue enseguida de las manos. Generalmente, de las manos de la ambición. Es probable que del tener más de lo que nunca hubieran soñado si partieran desde otros foros. Hoy el leonesismo organizado utiliza las zarpas para arrancase la carroña que queda de lo que fue banquete y hoy es resto emponzoñado. Sin recato, sin vergüenza. Y, por tanto, sin futuro. Para defender León quedamos todos. Pero ni siquiera este leonesismo de próceres ambiciosos merecía acabar así.

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