Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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EL MUSEO del Prado ha inaugurado una magna exposición sobre Goya, frase un tanto redundante, pues todo en Goya es magno, por más que fue a partir de los cuarenta cuando le irrumpió la genialidad, y allí se le quedó para siempre. Quizá muchos lectores no sepan que el cráneo del pintor no descansa en su tumba, pues fue robado, se dice que por frenólogos, quienes creían que la radiografía de la personalidad estaba escrita en las protuberancias del cerebro, lo que desató un macabro afán de lecturas ilustres; algo así como los de CSI del siglo XIX, pero por el régimen de autónomos, pasados de rosca y asenta, estrambóticos adoradores de reliquias laicas; hoy nadie se acuerda de la frenología, aunque tampoco de la calavera. El gran zaragozano plasmó los horrores de la guerra y nos recordará para siempre que el sueño de la razón produce monstruos. Fue artista universal cuya obra habla todos los lenguajes de la tierra, quizá porque utilizó la parca gama cromática del dolor y la verdad, con integridad furiosa y lágrimas de cian, triste sino de lo español. Al parecer, sordera y visiones delirantes pudieron deberse a que extendía los colores con el pulgar, compuestos por materiales muy tóxicos, entre ellos el plomo; es posible, aunque para peligrosos los colores de condición humana. Vivió en dos siglos, y su letanía expresionista fue deslizándose lentamente, como un madero en el mar, hacia el nuestro, para contarnos también nuestra guerra civil; pero ese oleaje nos trajo además la belleza de una lechera lozana, de un herrero golpeando, de una falda convertida en cosmos. Un artista que nace en un pueblo llamado Fuendetodos no puede pertenecer sólo a un lugar, estaba predestinado a la universalidad de la decepción. Y quizá, también, a perder el cráneo¿ vivo o muerto.

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