Diario de León

CONTRACORRIENTE

El Minotauro estaba aquí

Publicado por
MIGUEL PAZ CABANAS
León

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ASTERIÓN El Minotauro, el Toro de Minos, fue concebido entre Pasífae y un toro blanco con motivo de una afrenta divina. Encerrado por Dédalo en un laberinto de Creta, la bestia era utilizada para devorar seres humanos que le eran entregados en sacrificio. Este mito ha encontrado su réplica monstruosa, casi su metáfora, en la época de las «vacas locas», una enfermedad que se ha llevado por delante a centenares de personas, las dos últimas, trágicamente, cerca de nosotros. También llamada Encefalopatía espongiformebovina o Mal de Creutzfeldt-Jakob, tanto su apelativo frívolo como éstos de resonancias tenebrosas, reflejan una sospechosa tendencia actual, a saber, la de distraer a los ciudadanos con nombres científicamente impenetrables, como si al vulgo le conviniese la filigrana de lo esotérico. Títulos a los que se añaden explicaciones aún más sofisticadas, como las que, con cara de expertos, nos ofrecen los bustos del telediario, que nos dicen que los priones (así, como suena) son los responsables de que la enfermedad se transmita a los humanos por comer mollejas infectadas. Y ahí nos quedamos, en esos priones malévolos, esas proteínas patógenas que, a poco que pensemos, evocan los ingredientes (emulgentes, estabilizantes¿) que pululan entre los códigos de barras de los donuts y los bollycaos. Lo que no se suele decir, o más bien se evita recordar, es cuál es el origen abominable de esta enfermedad. Parece que hayamos olvidado el escándalo que se desató entre la comunidad científica cuando se supo que las vacas, esos herbívoros plácidos y mansos, estaban siendo alimentadas con un pienso poco común, un forraje de película de miedo, aunque fuese de serie B. A las granjas inglesas, desde el sur de Asia, llegaban toneladas de huesos y cadáveres pulverizados, convertidos hábilmente en pulpa para rumiantes. Una harina en la que se incluía de todo (le ahorraré, estimado lector, los pormenores), y que, como quien no quiere la cosa, los estaba convirtiendo en carnívoros. En modernos Minotauros. Para escarnio, turbación e incredulidad de nuestra especie. Eso es lo que no se cuenta con suficiente énfasis, sin censuras, cuando habría que estar rememorándolo constantemente. Y no por espíritu morboso, como pensarán algunos, sino por pura higiene moral. Porque aquí, de lo que estamos hablando, es de lo de siempre, de aquello que no ha cambiado desde que cristalizaran las bondades del capitalismo: de la mezcla inagotable -algo que sólo se da entre los seres humanos- de nuestra codicia y estupidez. Y en especial de la primera, ese afán inaudito por enriquecerse aun a costa de provocar dolor y estragos (que se lo pregunten a los familiares de los dos leoneses fallecidos), en una espiral en la que sólo cuenta el beneficio, esa especie de divinidad que no sólo esteriliza la estructura social, sino que la convierte en un mundo descabellado e inhóspito. En un laberinto, para entendernos. Un laberinto al final del cual nos espera un Minotauro sediento de sangre, pero también un espejo donde nos veremos tal como somos: una comunidad de seres voraces, incapaces de comprender, como los personajes de una comedia macabra, las secuelas de su propia locura.

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