Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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ALGUNOS llevan un futuro carcelario tatuado en los antebrazos. El joven que agredió hace poco en el metro a un inmigrante, con patadas y puñetazos, y sin dejar de hablar por el móvil, ha sido condenado ahora por conducir ebrio y sin documentación. El inquietante tesón de la conflictividad. ¿Cuánto tiempo tardará en cometer el delito definitivo? Sin embargo, esta no es una columna sobre el determinismo, ni sobre la fatalidad. Creo recordar que ya les he hablado de esa gran película llamada «Monster's ball», en la que un policía racista es redimido por su -inesperado- amor hacia una mujer negra. No hay otra forma de huir de las prisiones del odio que de la mano de dicha fuerza liberadora. La bella Halle Berry, capaz de afearse para darle más credibilidad a su personaje, fue premiada con un oscar. También lo merecía Billy Bob THornton, quien descubre que la felicidad, antes algo reservado a los demás, puede consistir en estar sentado el porche, con paz interior, o algo parecido a ella, mientras contemplas deslizarse los colores de la tarde. ¿El joven racista de Mataró es irremediablemente carne de presidio? Mucho pensarán que sí, pues lo previsible es que vaya de mal en peor, hasta el abismo final. Pero sin caer en ingenuidades, una sociedad avanzada debe creer en la posibilidad del cambio positivo. Y qué mejor quiebro para propiciarlo que se enamorara de una de esas inmigrantes que tanto le desagradan. Y que además fuera correspondido. ¿Es pedir lo imposible? Puede. Pero algunos aún necesitamos aferrarnos a que el ser humano, pese a su capacidad para la brutal y lo ruin, tan sólo anhela sentir paz interior, un mero jirón de ella, mientras contempla, en silencio, desintegrarse los colores de la tarde. Y a ser posible, amando y sintiéndose amado.

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