Diario de León

EN EL FILO

Buscando las cosquillas al dragón

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PEDRO BAÑOS BAJO
León

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LO QUE parecía ser un episodio más de la historia de la República Autónoma del Tíbet, está empezando a adoptar aires de asunto geopolítico de primera magnitud, como no se veía desde los tiempos más crudos de la Guerra Fría. La percepción es de un enfrentamiento abierto de la Comunidad Internacional, encabezada por las democracias occidentales, contra China. Da la impresión que se están adoptando posturas extremas sin haber valorado debidamente su alcance y futuras consecuencias. O quizá, y sería incluso aún peor, que todo responde a una muy bien planificada operación para buscar las cosquillas al Dragón, golpearle donde más le duele, y empujarle al abismo, con la esperanza de deshacerse de su tan temida amenaza. Sin embargo, no debería olvidarse que el viejo juego de intentar desestabilizar un Estado o una zona geoestratégica mediante la exaltación y apoyo a ideologías y grupos disidentes de todo orden no siempre ha tenido, a la larga, los resultados apetecidos por el instigador. Francia y el Reino Unido, sin ir más lejos, tienen unas cuantas lecciones acumuladas en África y Asia. Sin duda, China es un competidor geoestratégico de primera magnitud, y no sólo en el plano económico, sino también en la lucha enconada por conseguir hacerse con el control, más o menos directo, de todo tipo de recursos naturales básicos para el desarrollo industrial. Obvio es que su desequilibrio interno beneficiaría a los demás contendientes por el dominio global. A lo que se añade la imperiosa necesidad, desaparecida la Unión Soviética, de buscar nuevos enemigos. Pero no se debería olvidar que China no es Irak, ni Serbia, ni Venezuela, ni siquiera Irán. Aquí se está jugando con un miembro permanente del Consejo de Seguridad, con una potencia nuclear (unas 350 ojivas nucleares de distinto alcance) y con el ejército más numeroso de la Tierra: 8 submarinos nucleares, 2.000 aviones, 13.000 carros de combate y 2,3 millones de soldados en filas. Y eso, en realidad, casi es despreciable cuando entran en escena los datos imponentes y no fácilmente asimilables de su población: casi 1.400 millones de habitantes, 60 millones de discapacitados físicos, 30 millones de habitantes que malviven con menos del equivalente en Occidente a un dólar al día y 300 millones que lo hacen con menos de dos dólares. Es fácil exigir desde la confortable posición occidental mayor velocidad en el progreso social y político, pero infinitamente más difícil es llevarlo a cabo en un país con el 22% de la población mundial pero que tan sólo dispone del 10% de las tierras cultivables del globo, donde el nivel cultural medio es bajísimo y donde las enormes desigualdades entre el campo y la ciudad no acaban de frenarse. A lo que se une, a pesar de las medidas adoptadas, un crecimiento poblacional imparable (unos 21 millones anuales), una tremenda deficiencia en recursos hídricos (excepto en la meseta tibetana, razón por la cual China no podría jamás desprenderse de ella), unas tensiones internas latentes que irán apareciendo a medida que se vaya relajando el unificador comunismo y una economía demasiado dependiente del dólar (las mayores reservas en esta divisa después de Japón, con 1,4 billones). Innecesario es decir que Pekín está lejos de los parámetros occidentales de respeto de los derechos humanos, de una verdadera democracia, de igualdad social, de ajustarse a las normativas de seguridad industrial o simplemente de cuidado del medio ambiente. Pero tampoco es menos cierto que es una realidad bien distinta a la de los países más afortunados del planeta. En cualquier caso, siempre es mejor un consenso que una confrontación. Y más con una potencia como China. El daño mutuo podría ser cuantioso y estéril. Piénsese tan sólo en el destino de esos cientos de millones de desafortunados seres humanos en caso de que el Dragón se desestructurara. El caos a nivel mundial podría ser total. Y no parece que la solución pueda pasar por boicotear unos Juegos Olímpicos llamados de la Paz o la Exposición Mundial de Shanghái, prevista para 2010. Es un país, como todos, con sus propios intereses y necesidades. Ignorarlos tan sólo puede repercutir muy negativamente en el beneficio común, empezando por el de los 2,5 millones de tibetanos.

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