AL TRASLUZ
Por razones ingenuas
ACABAN de cumplirse cien años del nacimiento de James Stewart, uno de los grandes actores de cine, representativo de un arquetipo de personaje que si malo es que haya desaparecido de las películas, peor aún es que lo haya hecho, si así fuera, porque ya no hay sitio para los valores que representaba. Stewart encarnó al hombre de buen corazón, una visión del estadounidense medio, inmortalizada en «Qué bello es vivir», pero muy real, porque los anhelos también lo son; simbolizan ideales, lo que debería ser y no es. Lo mismo escribimos en su día de Fonda. Eran algo más que presencias carismáticas: Héroes de la conducta, al menos en la pantalla, cuando el espectador aún creía en los hombres justos, y no porque el horror se hubiera mantenido al margen del mundo, sino por complejos motivos que necesitarían más espacio para ser explicados, o mejor pluma que la mía. No obstante, a un actor como Stewart hubo directores que supieron sacarle un lado oscuro, como Hitchcock en «La ventana indiscreta» o Ford en «El hombre que mató a Liberty Valance». Sólo por la expresión de este actor al final de dicha película podría amarse para siempre el cine. La mentira pasa factura, aunque sea en oscuros callejones sólo accesibles a la conciencia, nos transmite con majestuosa sobriedad gestual en el plano que cierra esta obra maestra. Confieso mi devoción por ese cine clásico, que asoció a mis padres y a sus valores. Ahora, nos es más fácil percibir que la aparente ingenuidad de muchas de aquellas historias no era tal, sino una forma de sabiduría no cínica, que aún creía en la condición humana, pese a que ésta no acostumbre a dar excesivos motivos para ello. Largo recuerdo a los héroes sin causa. Estoy deseando ver la nueva película de Indiana Jones, pero él nunca fue ni podrá ser mi héroe, como tampoco Bond. No dejan lugar a la identificación. En cambio, Cooper en «Sólo ante el peligro», sí; Stewart en «Caballero sin espada», también. Por razones ingenuas, lo sé, pero así es el corazón.