CONTRACORRIENTE
Las sardinas de Carrero Blanco
CUANDO la crisis energética de los años setenta, poco antes de fallecer el Caudillo (aunque continuaba tenazmente con sus agónicos discursos navideños), salió por televisión Carrero Blanco, por entonces presidente del Gobierno, haciendo un balance sombrío de la situación económica del país y ordenando a los españolitos, que le escuchaban en sus butacones de sky con la boca abierta, que controlaran el gasto, empezando por la gula, sugiriendo entre otras alternativas dietéticas la lata de sardinas, un manjar sencillo, nutritivo y, lo más importante, barato. Treinta y cinco años después, casi nada, las vicisitudes económicas vu elven por idénticos derroteros (uno se pregunta para qué dan tantos Premios Nobel de Economía, si todo se reduce a ciclos que nadie sabe resolver), y ya en democracia, el ilustrísimo señor Solbes recomienda a los españolitos, que esta vez le miran estupefactos desde su televisor de plasma, que ha llegado la hora de «apretarse el cinturón» -vaya expresión correosa- y que donde formuló desacelaración, quiso decir «jodidos y cuesta abajo». El caso es que no se imagina uno al señor Solbes, con su aire sereno y arzobispal, desplazando la hebilla del pantalón, pero siendo justos hay que reconocer que sus palabras no suenan tan amenazadoras como las de aquel siniestro almirante. Entre tanto, reducido el mundo a una cuestión de sardinas y cinturones, desde la Cumbre de los Alimentos de Roma -llamada así, intuyo, por lo difícil que lo tienen los ciudadanos de a pie para acceder a ella- convocada por la FAO y otros organismos multilaterales (es decir, con muchas caras), se nos comunica que las nada menos que 183 delegaciones de triperos que se congregaban allí, junto a otras tantas agencias de la ONU, no han firmado acuerdo práctico alguno, aunque no obstante, como ya es habitual en este tipo de majaderías planetarias, han despachado el fin de las jornadas con pomposas declaraciones del estilo de «es urgente y necesario erradicar el hambre por todos los medios a nuestro alcance», y así todos satisfechos. Decía hace unos días Agustín García Calvo, que se dejó caer por León, que «uno es un servidor del Capital, uno está condenado a comprar y vender cosas que no desea ni ha deseado nunca, cosas que en su inmensa mayoría no sirven para nada. La fe de hoy es la fe en el Dios principal, es decir, el Dinero». Expresaba estas cosas uno de los últimos ácratas que sobreviven en nuestro país, y no tendrían mayor repercusión si no fuese porque uno lee, en esas páginas salmón de los suplementos de economía, que Warren Buffet, presidente del Berkshire Hathaway y por lo visto el hombre más rico del mundo, culpa de la crisis actual a los bancos (sic), abogando, ahí es nada, por un mayor regulación de los mercados. Y añade, como perla, que esto empezó con las rebajas graduales de los impuestos de las grandes fortunas de la era Bush, dicho lo cual sólo nos queda plegar velas, mirar al cielo y preguntarnos qué clase de sociedad hemos creado, cuando hasta los pudientes se escandalizan por la forma en que se gestiona y distribuye la riqueza. Pero lo dicho, vuelven los tiempos de Carpanta, cuando todos nos prometían un paraíso digital.