Diario de León
Publicado por
JAVIER TOMÉ
León

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SU REPUTACIÓN precede al buen padre Bonizzi, un monje capuchino al que se conoce en los ambientes de bolinche y cascarilla con el nombre de fray Porrero, debido a sus inauditas querencias musicales. Pasándose por el arco iris su pasado como misionero en Costa de Marfil, así como los obligados votos catecúmenos que se presuponen a un hombre de Dios, el sacerdote milanés se ha transformado en el sumo profeta de una revolución rock-and-rollera decidida a saltarse a la torera todos los escollos de la herejía. Los milagros suelen tomarse cierto tiempo, así que fray Porrero ya lleva más de diez años al frente de un grupo heavy especializado en canciones que, así como si no quiere la cosa, hablan de sexo, drogas y priva. Al principio de su carrera no eran pocos los que le achacaban una actitud majareta, y más al verlo berrear micrófono en mano, pero el rollo se ha consolidado, hasta el punto que semejante José Luis Perales acaba de publicar su disco número dieciséis. Decía Schopenhauer que la gente llama destino a sus propias tonterías, lo que traducido a un lenguaje normal viene a decir que todo circo necesita payasos. Máxima que no se puede aplicar al monje pasota. Porque ahí le tienen en sus conciertos, ataviado con una sotana de lamé y zapatos de chúpame-la-punta, impartiendo doctrina musical después de coger el puntito a lingotazos de vino de misa. No es Keith Richards, vale, pero sus muchos fans pegan unos saltos que, tal como pronosticó el padre Bonizzi al iniciar su trayectoria en el mundo de la farándula, les acercan al Señor en su Reino de los Cielos. El espectáculo nunca debe acabar y juro por lo más sagrado que seguiremos con lupa los desvaríos del artista número uno en taquilla: fray Porrero, ese ruiseñor que sigue afinando su voz.

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