AL TRASLUZ
Morir mañana
A MEDIA MAÑANA del miércoles me encontré por la calle con un amigo catedrático. Cuándo le pregunté qué tal le iba, ironizó: «Muy bien, porque siempre se puede estar peor». Segundos después de despedirnos, me dije: «No es así¿ debí decirle que¿». Un rato después volvemos a coincidir, ya en el barrio, y le espeté sin más: «Es al revés, nuestra esperanza ha de ser que siempre vamos a estar mejor, que lo malo pasará». Aceptó mi argumentación, con sonrisa de perro trajinado. Ya en casa, escuche la terrible noticia de esas 153 muertes en Barajas, y en mi mente se produjo una asociación de emociones entre dicha conversación y tan terrible hecho, una conexión extraña de significados, aunque admito que explicarlo en esta columna me excede, no sabría hacerlo. A veces, nuestra mente establece relaciones entre hechos objetivamente inconexos, como si percibiéramos que esconden una enseñanza secreta, quizá porque todas las grandes preguntas esenciales se resumen en un puñado de temas, que entran y salen de nosotros como una rapsodia in blue del corazón humano. Todo es frágil, y, sin embargo, cuánto pesa el dolor. Cada una de las víctimas era un camino por el que se bifurcan otras muchas biografías de familiares, parejas, amigos, vecinos, empleados, jefes¿ en un calidoscopio de existencias y muertes cruzadas, sin guión aparente. No sólo se han perdido vidas, también destinos y misiones, aquello que pudo ser y ya no será; no de la misma forma. Levantarse, salir de casa, regresar de nuevo. Tenemos tan asumido este ciclo diario que ya sólo lo valoramos cuando se quiebra. La compasión hacia el prójimo del que nada sabemos, salvo que nos importa, nos desmasifica. Vive como si fueras a morir mañana, pide la máxima. En definitiva, como si amarás hoy por última vez.