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MARÍA DOLORES ROJO LÓPEZ
León

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LAS VACACIONES no terminan igual para todos. Lo que comienza siendo un tiempo diferente lleno de expectativas de cambio para muchas familias, para otras, termina destrozando por siempre sus vidas. El trágico accidente de avión, recientemente ocurrido, nos lleva una reflexión inmediata sobre la futilidad de la existencia y su aleatorio destino. Las personas que se han salvado de él seguramente comprenderán la ruleta rusa que marca a cada uno. Preguntarnos el por qué de esta selección fortuita es encontrarnos de plano con nuestra necesidad de creer en algo o con la evidencia de rescatar la nada para justificar, de cualquier modo, una sinrazón que a todos afecta. Podemos perder la vida en cualquier momento. Esta aseveración que todos aceptamos y creemos asumir, debería tener mayor pujanza en nuestra forma de vivirla. Por que en realidad estamos solamente de paso sin saber cuánto camino nos queda o cómo será este hasta su final. Lo que comienza con júbilo esperado durante todo el año se convierte en una excelente oportunidad para la desgracia. Posiblemente este accidente aéreo nos impacta en mayor medida que el goteo de muertes en la carretera, que tampoco es despreciable. El conglomerado de muertos a un tiempo nos deja en silencio profundo ante aquello en lo que nadie puede intervenir, el implacable destino de cada uno. Pero es cierto también que en muchas ocasiones nosotros mismos abrimos la puerta al descalabro. Muchos accidentes pudieran haber sido evitados con un mayor control sobre lo que hacemos o usamos e incluso del respeto ante las normas que se establecen para cuidar la vida. Sin embargo, estamos desbordados de poder cuando creemos dirigir por fin esos días de descanso tan merecidos. Aunque no haya alcohol en la sangre convertimos la adrenalina en borrachera y con ella se nubla la sensatez de la que hacemos gala a diario en nuestra vida normal. Y es que en vacaciones nada tiene que ser corriente, de otro modo no se tendrá la sensación de haber disfrutado lo suficiente y por tanto este período, por caro que haya sido, no habrá merecido la pena. Parece que la calidad vacacional está precisamente ligada a las novedades que se disfruten, a la valentía que se demuestre ante lo arriesgado y en esa peculiar forma de demostrarnos a nosotros mismos que efectivamente gozamos más que nadie en poco tiempo. Nos olvidamos con mucha frecuencia de que cada acto, cada elección o cada evento que protagonizamos tienen un coste y a veces es demasiado alto. Este esquema de comportamiento vacacional se acentúa dependiendo de la edad de la persona. A mayor juventud mayor necesidad también de refresco del momento (aunque debería ser al revés pues la vida en esas breves alturas es ya refrescante por sí misma) si embargo, no es menos cierto que cuanto mayores somos tenemos también una mayor necesidad de apremiar los acontecimientos y beber sorbo a sorbo, lo más deprisa posible, lo que ellos puedan darnos de diferente y sorpresivo. Los accidentes son la otra cara del verano. Aquella en la que nadie piensa como propia. Aquella en cual descansa la ironía de la vida pulsando las cuerdas de los sentimientos desde lo placentero a la desgracia. La vida no vuelve a ser la misma para muchas personas al final del mismo. Y mientras la gran mayoría se prepara para sufrir el arrebato de encontrarse con la realidad que dejó antes de tomar sus maletas, otros viven su drama particular como un punto negro del que inicialmente no ven salida. Nadie estamos preparados para partir, pero tal vez menos aún para ver partir a los nuestros. No sabemos el dolor del que marcha definitivamente pero sí sufrimos el nuestro por su pérdida en la desesperación de pensar que no era el momento oportuno. Los accidentes no nos dejan tiempo para prepararnos. Todo en ellos es fulminante y definitivo. Nos dejan en soledad frente a la impotencia absoluta de no poder hacer nada. Duro contraste la batalla de sentimientos que se debate en nuestro interior, en estos casos. Incluso los más creyentes pasan por instantes, momentos y largos períodos de negación de su fe. No hay justificación que podamos entender, ni tampoco consuelo para lo que no tiene remedio y en lo cual ni siquiera tenemos el beneficio reconfortante de culparnos. Absolutamente todo parece un despropósito descomunal confabulándose contra cada familiar de las víctimas en medio de una absoluta falta de respuestas. Las explicaciones materiales sobre las causas de lo sucedido, en estas catástrofes colectivas o en los accidentes particulares, poca luz aportan a lo que realmente se quiere saber desde el sufrimiento de quienes les ha tocado perder. Y es que la gran pregunta no es por qué sucedió, sino por qué a los míos y por qué a mí. Ese interrogante infernal que se repetirá una y otra vez en la cabeza de los afectados tampoco tiene respuesta, ni posible compensación. Es el silencio ante estas grandes preguntas lo que nos sume en el abismo más absoluto. Un silencio que se instala en nuestras casas, en nuestra vida y en nuestro ser de forma traicionera y asfixiante. Un mutismo con el que tendremos que aprender a convivir por invadirlo todo y del que más tarde saldrá la aceptación resignada de convencernos, en primera persona, de la absoluta veleidad del ser humano. Por eso sería importante aprender a vivir para poder partir en cualquier momento. Prepararnos para el viaje final, no para dar la bienvenida a lo que vayamos a encontrar, sino para ser capaces de decir adiós a lo que dejamos. La soledad nos afecta en muchos actos de la vida, incluso en lo más íntimo de lo que sentimos en ella y a través de ella. Pero posiblemente la más absoluta y necia soledad es la que vivimos ante la muerte. No sabemos si habrá brazos que nos esperen en la otra orilla (si es que la hay) a diferencia de lo que sucede cuando nacemos. Lo que si sabemos es que aquí se quedan los brazos de los que nos despiden intentando agarrar por última vez la presencia de los que se parten. Dentro de unos días, para muchos de nosotros, la noticia del accidente de Barajas será una información más que paulatinamente dejarán de ofrecer en los telediarios de cada día. Poco a poco se nos olvidará que estos accidentes suceden. Sin embargo, sería importante no olvidar que la muerte puede llamar a nuestra puerta en cualquier momento y que la decisión de partir no estará en nuestras manos. Por eso, aún estamos a tiempo de aprender a vivir en la única tranquilidad de agradecer al despertar un nuevo día.

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