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MIGUEL Á. VARELA
León

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A LO LARGO del verano se ha venido celebrando en la Ciudad del Puente un ciclo de conciertos, en el que también ha tenido presencia la danza contemporánea, organizado con motivo del Centenario como carta de presentación de la recién creada Fundación Pedro Álvarez Osorio. El ciclo, bautizado con el nombre casi esotérico de Corteza de Encina , ha ubicado las actuaciones musicales en diferentes espacios del abundante patrimonio religioso y civil del municipio, combinando el uso novedoso de los lugares históricos con la difusión de los nuevos valores en el ámbito de la interpretación. Asistir a un concierto entre la especial resonancia de los muros de una iglesia es una experiencia que ofrece un enorme placer espiritual, alejado de la tendencia actual a la música atmosférica, que no exige realmente ser escuchada. De los interesantes resultados de la propuesta, que todavía se mantendrá en septiembre, destaca el de comprobar cómo la labor de formación emprendida en las últimas décadas empieza a dar como resultado una nueva y numerosa generación de instrumentistas de una gran calidad. Algunos ya con cierta veteranía, como es el caso de Salvador Ferrer, que está consiguiendo consolidar y ampliar la brillante transformación de la Banda de Música Ciudad de Ponferrada, iniciada en su día por Fernando Blanco; otros con su carrera profesional recién estrenada, caso del chelista Pelayo Tahoces, del violinista Roberto Villadangos o de la flautista Ana Beatriz Silva; o con sus estudios superiores a punto de acabar, lo cierto es que esta nueva hornada de talentos es materia prima a la que la ciudad debe mimar y sus ciudadanos conocer. Su presencia en la vida y en las programaciones culturales de una población son garantía de una riqueza que no cotiza en el Ibex 35, pero aporta esa calidad inmaterial que hace la vida un poco más soportable.

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