EL BAILE DEL AHORCADO
Todos putas
No nos engañemos. Quien más quien menos, todos somos un poco putas. Y no porque trajinemos de manera voraz (la lujuria para quien la trabaja) sino porque, con excepciones, todos tenemos un precio. En estos tiempos de bulimia, hay palabras que, como el honor, parecen haber desaparecido del lenguaje. La dignidad es uno de los valores que menos cotización alcanza. Pero no es a ese tipo de putas al que quiero referirme ahora. Presumir del consumo de prostitución hoy en día es tan lamentable como jactarse de contratar inmigrantes por sueldos de miseria. En ambos casos se trata de explotación humana. Por eso resulta indignante que el presidente de una comunidad autónoma se pavonee en una televisión de algo tan miserable como pagar por «mojar». Ante una declaración de principios tan elocuente, lo primero que te apetece decir es «No me extraña», pero es mejor acudir a Quevedo: «Puto es el hombre que de putas fía, y puto el que sus gustos apetece». La gran trampa de la prostitución aparece cuando populistas como Revilla tratan de hablar de ella con normalidad. La extorsión y la esclavitud no tienen nada de normal. Son un atentado contra los derechos humanos y envilecen a quien vive de sus plusvalías. No son putas las que venden su cuerpo sino quienes las convencen de que es su única salida: el proxeneta que se enriquece encadenando a las mujeres a una vida de sordidez, el putero, mueca patética que concibe el sexo como dominación, lamentable ejemplo de impotencia vital (falo muerto y mente entumecida), y, por supuesto, la sociedad, garante de que las cosas no cambian, de que todo sigue igual. Pues eso, que todos putas.