Diario de León

CRÉMER CONTRA CRÉMER

Tengo una vaca lechera, no es una vacacualquiera

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VICTORIANO CRÉMER
León

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CON TODOS los respetos que me sea obligado guardar declaro y digo que la decisión de arrojar a la santa calle nada menos que 55.000 litros de leche blanca, como réplica contra el gesto de los habituales compradores en «fábrica», y ya, como aquel que dice, lo que no debiera dejar el mercado más desabastecido que el de automóviles, con todos los respetos, digo, quiero decir, que me parece una aberración, un disparate, un gesto inicuo y un delito de leso desabastecimiento de una población precisamente entregada a la desesperación por lo de la crisis, de la que tanto se habla y nadie comprende. El caso no es, ni mucho menos, que las señoras vacas hayan declarado la huelga de tatas o ubres caídas sino que los ganaderos no se resignan a vender la leche de sus vacas por una cantidad que no da ni para agua. No hizo falta en épocas en las cuales comenzaba a ensayar la manipulación inmoral de explotar a las vacas para ponerse las botas los agricultores, porque las autoridades no consentían que en uso de la autoridad que se atribuían los pastores de vacas cuando los altos contratantes del líquido elemento que las pacientes vacas fabricaban a fuerza de paciencia y buena voluntad, volcaran sobre la vía pública miles de litros de leche, privando a los niños, a los ancianitos y a los mamones sufridores, como si dijéramos de la leche nuestra de cada día. Esto, en todo pueblo medianamente civilizado resultaba un delito de privación de alimento a la clase más desfavorecida porque la pudiente, la que disponía de medios para desayunar ostras con champán no necesitaba la leche para nada y se procedía por parte de los responsables de la nutrición pública a incautarse del producto para su distribución por el cómodo precio de gratis, entre los centros de asistencia infantil, por los hospitales y por las Casas de Caridad imponiendo en el caso de resistencia graves multas y hasta prisión hasta el pago de los multazos en defensa del uso del fruto de las vacas. Se dirá que aquella determinación de imponer medidas de presión para que los agricultores o los contratantes de la leche, no tenía ni una gota de democrática, pero no cabía imputar a los pastores de vacas lecheras incapacidad de espíritu solidario con los más necesitados de asistencia, dejados de la mano misericordiosa de la leche de vaca. Porque no es lo mismo desprenderse de una corbata porque no se compran ni se venden, que de un litro de leche, por la que millares de niños berrean con hambre y sed de leche y de justicia. El anuncio de que las vacas de cuando menos cien ganaderos arrojan leche por un reguero seco, nos parece un disparate, no por parte de los pastores de vacas, sino de los gobernantes con poder y guardias que lo toleran... Yo tenía una vaca lechera y no era una vaca cualquiera... Daba leche merengada / ¡ay aquella vaca, tan salada...!

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