EL BAILE DEL AHORCADO
El plan Bolonia
ESTUDIANTES y huelga son dos palabras que conjugadas dan un poco de risa, y si el parón se produce en un país en el que la educación ya casi se asimila a estabulación, la cosa puede adoptar matices cercanos al absurdo. Si estos chicos aspiraran a algo, deberían pedir a gritos que algo se quemara, y hacerlo incluso antes de que llegara el bombero. Sin embargo, salen a la calle a pedir más agua, que es una manera de permanecer sentados, como los Martin y los Smith. Pues eso, ¿qué esperar de un lugar en el que los jóvenes están sedientos de vulgaridad, de un sistema que no lleva más que al reparto de la miseria común? Por supuesto que no quieren el plan Bolonia. Eso les obligaría a coger las riendas de su destino, y es mejor seguir acurrucados en la edad de la inocencia. La máxima de Sartre, ya saben: libre, responsable y sin excusas, no termina de encajar en una sociedad que sigue sin ser consciente de sí misma, dormida en la arcadia del kinder garden. Y la universidad española, pues eso, degenerando, como el banderillero de Juan Belmonte que llegó a gobernador. Y nos metemos en una espiral de desconsuelo que cada vez recuerda más a Joaquín Costa; y se celebran los fastos del pasado y tal vez haya que volver a sellar el sepulcro del Cid que en estos días parece que es el de Lorca. Y hay jueces que piden certificados de defunción para legitimar su propio destino en lo universal y médicos que se sirven de la muerte para encontrar la dignidad de la vida. Y políticos mediocres que siguen creyendo que el mundo perfecto es posible, y otros que comenzaron siendo un espejismo y pueden llegar a ser la gran esperanza. Y, en fin, la historia, que estos días parece que se ha acelerado y está a punto de volverse sobre sí misma.