AL TRASLUZ
Cuéntame más
Y DE repente, allí, en el personaje de Antonio Alcántara, en el que antes veía ecos de mi padre y de su tiempo, me descubrí también a mí mismo y a mi propio tiempo. Ya lo he escrito antes: soy un admirador de la serie «Cuéntame». Pero muy especialmente del prodigio interpretativo de Imanol Arias y Duato, hoy ya a la altura de los mejores actores, españoles o extranjeros. La serie tiene simplificaciones maniqueas en su guión, lo sé, pero todo se le perdona ante el gran resultado global, donde nada desmerece, donde todo está tratado con amor. La interpretación que hacen Arias y Ana Duato, la nobleza que transmiten sus personajes, la filosofía de la existencia que impregna las historias, donde lo heroico está representado en una comida familiar, en el perdón de un padre a un hijo (o de un hijo a un padre), en unas convicciones políticas enfrentadas, en unos comentarios ante la televisión, en fin, en el propio zigzaguear de la existencia, han posibilitado que la serie no sólo no esté agotada en sus situaciones argumentales, sino que haya entrado en su mejor época. Las lágrimas de Alcántara al entrar en la habitación de su hijo pequeño -ahora en plena adolescencia- y leer a escondidas la redacción que le han premiado, y la entrada posterior de Mercedes, comprendiéndolo todo sin necesidad de explicación alguna, esa fuerza y esa verdad son hoy rara vez visibles no sólo en la televisión sino en el cine. Todo en la serie en excelente, en intenciones y logros. Detrás de su sabiduría técnica, de tan perfecto engranaje industrial, prevalece el oro del que provienen realmente los destellos: los personajes. Y sí, en su último capítulo, en las lágrimas de Alcántara, ya no sólo percibí a mi padre, también a mí mismo. El tiempo pasa, pero no todo envejece. Cuéntame más.