Diario de León
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León

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LA SITUACIÓN económica ha cambiado, ya sabemos que estamos en crisis, que se acerca una recesión. Todo eso está muy bien, pero en realidad parece que en este país donde todos nos hemos dado cuenta de esta situación, existe un grupo de irreductibles políticos que-¦ ¡Pero no, ese es otro cuento! ¡Ah, los políticos! Ellos viven en otro momento, en otra realidad. Para mejorar algo, en primer lugar hay que ser conscientes de la situación, después establecer unos objetivos, una situación ideal, dónde queremos estar, y finalmente se programan las actividades necesarias para llegar a esa meta. Pero como nuestros políticos no saben cómo está el país

, ni sus habitantes, siguen con sus hábitos y costumbres: ¿para qué vale el contribuyente si no es para contribuir?

Pero los ciudadanos somos más que eso, sabemos dónde estamos y desde luego tenemos la seguridad de que nuestros dirigentes no saben ni a dónde nos dirigen, ni cómo. Los ciudadanos vemos cómo se engordan las listas del paro, cómo cada vez es más frecuente encontrar conocidos sin trabajo, con graves problemas de liquidez inmediata, no sólo para comprar un piso, sino incluso para vivir. Y no se ven soluciones razonables a corto plazo. Porque no las hay. En nuestra economía se dan una serie de supuestos, que a modo de arrecifes cuando baja la marea, emergen, para algunos como por arte de magia, pero no para otros, que ya veníamos denunciándolo hace tiempo. Problemas estructurales que no se arreglan con una serie de medidas tomadas al calor de lo que hacen otros países, vulgares copias. Se requiere más, hay que enfrentarse con ellas, cara a cara y sabiendo que va a ser doloroso, seguramente poco gratificante y desgraciadamente para ellos, a corto plazo, no dará votos.

Sobre el problema del paro, que es el que más preocupa al español medio, diremos que en principio, para trabajar se necesita o bien que exista un empleador, una persona que contrate; o bien que exista por parte del desempleado una iniciativa en forma de negocio. Existe otra posibilidad, que sea el Estado, a través de alguna de sus instituciones, el que establezca un contrato de trabajo con el desempleado. Esta última forma no parece la más razonable en la actualidad, donde existen plantillas de funcionarios sobredimensionadas; donde cada vez se están recortando más servicios públicos y donde las cuentas de las diferentes instituciones son endémicamente deficitarias. Además no hemos de olvidarnos que un incremento del empleo público sale del bolsillo de los contribuyentes ya de por sí bastante exhaustos.

Hoy el trabajo es el bien más preciado, lo será en el 2009 y todavía más en el 2010, digan lo que digan las previsiones del Gobierno: veremos si no llegamos a cuatro millones de desempleados. Y por mucho circunloquio que practiquemos hay una premisa fundamental: la riqueza, el bienestar y en general el desarrollo se consiguen mediante la aplicación eficiente de los recursos productivos, su empleo da valor al producto/servicio el cual retorna a los recursos en forma de rentas, beneficios, intereses o salarios. Los trabajadores por lo tanto, para alcanzar mayor bienestar tienen que trabajar, no hay otra forma, hay que entenderlo así de claro. Una vez comprendido esto, que no todos lo entienden, el problema viene ahora: ¿dónde? ¿quién los va a contratar? En cualquiera de los dos supuestos anteriores se requiere la existencia de una empresa, entendida ésta como un sistema más o menos homogéneo de la gestión de los recursos económicos independientemente del tamaño de éstos. Y no hay otra forma. Las empresas actuales de por sí tienen pocas expectativas de emplear, sus plantillas ya están sobre dimensionadas adaptadas a una situación de mercado que ya ha pasado y que no pueden ajustar al nuevo panorama, por lo que en principio ya cuentan con un gran lastre para su competitividad que merma sus posibilidades de supervivencia en el mercado. Así que por ahí, hay poco que rascar; si las plantillas de funcionarios ya están completas e incluso habría que reducirlas, no hay más que una posibilidad: nuevas empresas.

Y aquí nos surge esta pregunta: ¿cuántas empresas se han creado el año 2007? ¿Y en el 2008? ¿Cuál es la tendencia futura? Si pudiéramos abstraernos a la recesión actual, es fácil pensar que se requieren más vocaciones empresariales que redunden en nuevas empresas. Pero ¿cómo se fomentan las vocaciones empresariales? ¿Quién en su sano juicio va a iniciar una aventura tan arriesgada? No basta con establecer líneas de ayuda o programas para emprendedores. Crear una empresa es algo más y parte de más abajo, es una decisión estratégica, no táctica.

En primer lugar, se requiere de un cambio cultural, donde el empresario no sea un azotador, casi un esclavista, ni desde luego un ladrón, donde sea una parte más de la sociedad. Se requiere también de un sistema de formación que mejore la calidad profesional del trabajador, entendida como la adquisición de conocimientos necesarios para la incorporación al mundo laboral o para la creación de un nuevo proyecto empresarial. Ni disponemos de una buena educación básica que dote a los alumnos de las herramientas necesarias para el aprendizaje futuro, ni una buena formación profesional. ¿Qué pasa con los ilustrísimos señores diplomados o licenciados de la Universidad de León? ¿Dónde les colocamos? Carne de desempleo. ¿Está la Universidad orientada al mercado? No, pues a qué espera. Esto no se puede mocionar con recetas a corto plazo, exige más de los políticos, exige pensar.

Y se necesita, desde luego, una administración cercana, flexible y preocupada con cada idea empresarial. Porque el aventurero que quiera crear una empresa se encontrará con un sin número de requisitos legales, de costes de gestión, de ventanillas y mostradores con el manido mensaje «vuelva usted mañana». Pero mañana ya es tarde para las 34 que se apuntan cada día en las oficinas del ECYL. ¿No sería más productivo permitir por defecto y dentro de unos límites, cualquier proyecto y luego, si se necesitase, ir ajustándolo a las disposiciones de la mano de la administración, colaborando en lugar de sancionando?

Los empresarios no sólo están deprimidos, se encuentran olvidados, desamparados, cada nueva norma implica un nuevo impuesto y al final el empresario, como es lógico, se cansa. Se ayuda a las grandes empresas (automovilísticas, bancos,-¦), pero hay que recordar que el 90% del empleo lo producen las pequeñas y medianas, no las grandes. Además son éstas la que menor índice de deslocalización presentan: las grandes por su parte se moverán al calor de las ayudas y las ventajas de otros países en un chantaje casi permanente. Hay que cambiar la orientación económica y concentrar todos nuestros esfuerzos en el verdadero motor de nuestra economía, que son las pequeñas empresas (¡qué no decir de los autónomos!), facilitando su desarrollo

en el mercado, eliminando las barreras y limitaciones actuales.

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