Congelados
CONGELADOS andamos, ¡ay Señor!, con las nevadas y las heladas propias de diciembres antaños, que nos tienen los pies y las narices que no hay forma de devolverles la color ni la calor. Si no fuera por temor a partirme la crisma, ya habría pasado yo por la mesa-camping del amigo que se ubica también desde antaño en la esquina de La Gitana. ¡Cuánto me he acordado de sus calcetinazos de lana-lana!
Los que más han perdido con estos trances son los de la pista de hielo. Habrán pensado los leoneses que para qué pagar por fractura de tibia en instalación de ocio cuando todas las calles, especialmente aquellas que no ven el sol hasta marzo, se han convertido en laberinto helado donde las posibilidades de resbalón son infinitamente más que las de que te toque el Gordo (una entre 50.000, dicen las estadísticas, ¡snif!).
Cada vez que nieva, nos echamos las manos a la cabeza como si fuera la primera. O como si estas inclemencias pudieran eliminarse con un abracadabra administrativo, un chasquido de dedos inversores o un aquí estoy yo de todopoderosa quitanieves. Hay cosas incomprensibles (como la de la autopista), otras muchas mejorables y algunas inevitables. Así son los inviernos por aquí. ¿Se puede hacer más? Seguro, que no digo yo que cuando empieza a nevar en la ciudad no haya quien cruce los dedos a ver si no cuaja, en lugar de preparar pala y sal para hacer del mal el menos. En la provincia es otro cantar, cuando nieva cuaja y punto. Y son tantos pequeños pueblos (muchos de ellos sin habitantes por estas fechas) que cuando acaban de abrir camino por un lado ya se ha cubierto por el otro.
En fin, helado nos llega el fin de año. Y helado se anuncia el 2009. ¿Será tan malo como dicen? Se compran calcetines contra la crisis.