Diario de León
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León

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NO SOY jugador, pero siempre me fascinaron los trileros, otro oficio en extinción ante la brutal competencia de la estafa globalizada. En el rito del «¿dónde está la bolita?» había algo de teatro de prestidigitación en el que el oficiante manejaba con soltura el arte de camuflar un objeto a la vista del público y su cómplice interpretaba con precisión naturalista y sin recurrir a ningún manual de Stanislavski su papel de gancho que acierta siempre el cubilete afortunado. Una ocupación vieja como el mundo en la que no faltaba un incauto ambicioso dispuesto a multiplicar su fortuna, que acaba quedándose sin blanca. Las reglas de este juego tienen fondo de literatura picaresca, sus protagonistas pisan el suelo sucio de los mercadillos y su escenografía tiene tanta trampa como, literalmente, cartón. Pobres aficionados frente a la capacidad de los grandes especialistas en el escamoteo financiero de moqueta, best seller y jet privado, un reino en el que un tal Madoff brilla con luz propia. La estafa piramidal usa recursos más sofisticados que el trilero, pero los mecanismos que la hacen funcionar son muy parecidos: la avaricia ante la ganancia fácil, rápida y sin esfuerzo. Hace apenas un mes se celebró en Bolivia el I Seminario Internacional sobre Estafas Piramidales y allí se explicaron casos tan dramáticos como el que afectó en 1997 a Albania, donde este «negocio» llegó a representar el 50% del PIB del país, en un fraude masivo que afectó a dos tercios de la población. Pero a los organizadores de ese Seminario no se les ocurrió invitar a Madoff, tan selecto en sus relaciones, tan respetado en los ambientes de Wall Street, tan influyente como para que las sospechas que flotaban sobre sus inversiones acabaran bajo la alfombra. En los timos clásicos se reparten las culpas entre el taimado timador y el avariento timado. Yo no sé si es la costumbre en las altas esferas de Madoff.

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