El botellón
CUANDO nos disponemos a trazar las líneas técnicas de este parte de guerra, nuestros corresponsales en Santiago de Compostela, por ejemplo, se disponen a celebrar el ceremonial nacional de «El Botellón». Consiste en que, mediante convocatorias técnicas, que para eso están, como el Internet, los jóvenes de cada autonomía, de cada distrito, de cada provincia, reino o compadrería, se citan, se reúnen y una vez revueltos convenientemente, los chicos con las chicas, de acuerdo con muy singulares signos de identidad, comienzan a beber.
Por lo regular, o por lo irregular, según se mire, vinos tintos de conocido origen y marca, si puede ser, o si no fuera esto posible, vinos de acarreo.
Y se funden y confunden los beneméritos botelloneros, cuando alcanzan el grado superior del estado de beatitud al que se llega según litrón.
En Sevilla, según dicen los corresponsales de esta guerra, absurda como son todas las guerras, consiguieron una asistencia de cofrades de más de cinco mil y ante el reto que número tan descomunal supone para beber vino en compañía, el resto de las provincias, núcleos o autonomías legalmente autorizadas, se disponen a superar la marca, para lo cual hacen público en los medios de comunicación, a su alcance, lo que pudiera estimarse como lema de la gran convocatoria nacional: ¿es que por ventura vamos a ser nosotros menos que los de Sevilla?
¿Acaso se nos puede privar de aparecer en la pantalla televisiva, a nosotros, gallegos, asturianos, castellanos y mallorquines, cuando los andaluces campen como si todo el monte fuera «El Rocío»?...
Y ante una demanda tan importante como la de conseguir reunirse en número superior al de los andaluces, «verde que te quiero verde», los gallegos de Doña Rosalía de Castro, abandonando cualquier vestigio de austeridad y de buen sentido, se disponen, según se adelanta en los pregones, a conseguir batir el récord de los macroaficionados al Botellón, una de las invenciones recién aparecidas en mediante las cuales incluso se pretende eludir cualquier otro compromiso cultural que pudiera proponerse a mayor gloria del país.
La noticia de este ensayo general con todo de la fabulosa farsa del Botellón ha conseguido electrizar a una juventud, tan desorientada y triste que no concibe otra forma de salir de su propio atasco sicológico, cultural o religioso que citarse en manada en cualquiera de las plazas de España, para proclamar, quizá, la impotencia que tiene esta clase de contactos multitudinarios para la cohesión, la prosperidad y el buen rumbo de la nave de la España moderna.
Ya se está escribiendo, en letra gótica, el himno de esta novísima y desconcertante operación de la búsqueda de la memoria histórica de España o el encuentro de las señas de identidad de los españoles. El himno, comienza con estos dos versos significativos:
«Adelante el Botellón / chaquetea la nación-¦»