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León

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El caso es que si la crisis fuera sólo problema de los políticos, o de los economistas o de los señores ministros ¡pues allá ellos! Que la paguen ellos y los que se empeñan en dirigir el mundo, para hacerlo rematadamente mal. Lo grave es que la crisis nos afecta a todos. La pagamos todos, y la pagamos o la pagan más los que ni siquiera levantan la voz para protestar. Y eso que les afecta de una manera total; porque no sólo y no es poco el sufrimiento por la supervivencia. Es que la crisis de la sociedad económica y del trabajo es como una enfermedad contagiosa, que afecta a las personas en su alma, en su intimidad, en sus sentimientos y en sus ganas de vivir. Y esto es más grave. Las penurias y los problemas del trabajo desestabilizan a las gentes; las deprimen, las desesperan, las agobian... Las invaden de una tremenda y larga tristeza, que tiene muy difícil tratamiento. Genera en cada uno un complejo sentimiento de incapacidad y de impotencia, ante una realidad en la que ellos no fueron protagonistas y de la que son víctimas principales. ¡Hay que aguantar! Es un consejo fácil; pero hay que darlo. Porque ante los grandes problemas, siempre tiene que haber grandes soluciones. Una sociedad más justa, que refuerce la solidaridad. Una sociedad más justa, que sea responsable de los que sufren más. Una sociedad más cercana, que comparta el frío del que no tiene leña. Una sociedad más sincera, que de verdad ejerza, y distribuya mejor el pan y comparta mejor las penas. Seguro que tocamos todos a más pan y nos quedamos todos con menos penas. Hoy la sociedad tiene que marchar por esos caminos. Y los que sufren más tienen derecho a recuperar su calma, su esperanza, sus ganas de resistir, sabiendo que, mañana, volverán a ellos las ganas de vivir. No hacen falta tratamientos de desesperación, ante crisis generales. Sobran las drogas, los malos sueños o el alcohol, como recursos últimos de defensa, a los que tanto se acude en épocas de grandes crisis. Tenemos y exigimos recursos de apoyos, de ataque de refuerzo como son la solidaridad, la justicia que reparte y el amor que obliga a compartir. Mientras tanto, cada uno de nosotros podemos empezar, para hacerlo más fácil; que no dejemos de apretar la mano del que nos tiende la suya. Porque la tiene fría; y que no dejemos de dar un beso o una sonrisa, al que nos lo está pidiendo, porque lo necesita. Anatolio Calle Juárez (Navatejera).

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