León

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LA COLUMNA de hoy debería tratar sobre la feliz posibilidad de un cambio de gobierno en el País Vasco, pero tengo otro tema que debo priorizar. No obstante, vaya como adelanto: uno cree que, en principio, debe gobernar siempre el partido más votado, pero las intenciones separatistas del PNV justifican que los tres partidos constitucionalistas colaboren en el desmontaje de ese delirio de napoleones de despacho. Pero, como he dicho, debo antes tratar otro tema. La ira de Emilio Gutiérrez, quien destrozó a mazazos una herriko taberna, como respuesta a los cuantiosos daños «colaterales» causados en su vivienda por una bomba de Eta, se ha convertido en una metáfora. Porque no todas las iras son iguales. Gutiérrez ya ha hecho público su arrepentimiento, la condena de su acto irracional. Otros, en cambio, jamás se arrepienten de los suyos, muchos más graves. Es cierto, aunque igualmente malas, no todas las iras son iguales. Irene Villa, víctima de Eta, ha declarado que la acción de Gutiérrez fue un error, solamente entendible como doloroso grito de desesperación. Y añadió las palabras con la que su madre la ha educado: «Si te vengas, eres feliz un día; si perdonas, serás feliz siempre». La grandeza ética, e intuyo que religiosa, de ese planteamiento, que no renuncia a la justicia de la ley, deja reducida a verborrea esa dialéctica del constante qué hay de lo mío, y demás variaciones del victimismo en falsete. Tampoco todas las convicciones son iguales. Y ahora sí-¦ ojalá, PSOE, PP y UPyD sepan dejar a un lado diferencias y alcancen acuerdos de gobierno que no se queden en meros repartos de cargos y prebendas. El País Vasco necesita con urgencia un renacimiento. Y ahora es posible, aunque la ira, la de quienes nunca se arrepienten, no lo pondrá fácil.

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