CRÉMER CONTRA CRÉMER | VICTORIANO CRÉMER
En números rojos
CON QUE VA el chico de la portera y gritó por el patio: «Madre, que dice el señor Ciriaco que estamos en números rojos, y que conviene que tengamos en cuenta esta situación de alerta para enmendarlo».
Y la madre del chico de la portera, recoge la voz, apoya la gaita en la ventana y replica: «¿Quién coña te manda a ti hacerte cargo de tales mensajes? Eso es cosa de hombres. De modo que cuando venga tu padre, se lo cuentas».
«Leches, madre». «¿Cómo leches madre?. Es que si regresa padre de mala uva y le resulta de cabreo y tente tieso la nueva noticia me expongo a pagar yo la cuenta».
Y es que el chico tenía toda la razón y el padre también. Porque a ver a quién va el hombre con su carga si no consigue encontrar trabajo?...
El caso es que la mitad cuando menos del barrio está parado y con toda la cuerda al cuello. Estamos, dicho sea en honor a la verdad, «en números rojos» y lo turbador es que ni nosotros ni el señor de los Estados Unidos, ese esbelto negrito que asegura que va a por todas y se queda en nada.
¿Y a quién recurrimos si el señor Obama se hace el sordo? Esa es la cuestión y no el juego interesado de reunir un manojo de informaciones para el cabreo nacional y las convertimos en «esa pregunta que yo tengo para usted».
Estar en números rojos es algo así como si dijéramos, con la camisa rota y los bolsillos vacíos.
Ni hay trabajo para todos los parados ni al parecer se encuentra entre los predilectos del presidente, aquel genio que dé con el recurso decisivo. Es precisamente esta situación de quiebra fraudulenta lo que está creando este clima de confrontación de los unos con los otros y de los otros con todos:
Dice el refranero español que «donde no hay harina todo es mohína» y esa es la enfermedad política que nos corroe. La mohína es una forma de irritación ante la mala suerte o la funesta política utilizada para darnos a valer.
Y como si el enfrentamiento proporcionara la medicina para nuestros muchos males inventamos la complejidad de una conspiración de los unos contra los de siempre, con espías, soplones y acusicas, lo que produce inevitablemente un estado de irritación y de controversia belicosa.
La Doña Esperanza asegura que la trama está urdida para mandarla a ella a pasear y el señor Gallardón se vigila para no incurrir en desvíos que pudieran arrinconarle definitivamente.
La situación es tan delicada que, ante el asalto falaz de los pícaros y bellacos delatores apuntan hacia una política represiva como la de los batasunos, por ejemplo, o como la fórmula «Fraga» cuando reclama: «Yo no sé nada; en mis tiempos no pasaban esas cosas; y si alguien espiaba; le cascaba...»
Y algo de razón debe tener Don Manuel, porque así ni hay quien viva ni hay quien beba. Y estamos amenazados a morir con números rojos.
Pese a todos los pesares, los discursos de los incondicionales siguen manteniendo vientos de esperanza y de confianza. Y es que no hay como un pueblo convencido para seguir... Con pan y sin pan...