CRÉMER CONTRA CRÉMER | VICTORIANO CRÉMER

El chocolate del loro

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VICTORIANO CRÉMER
León

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NO HAY por qué gemir, ni por qué echar las campanas al vuelo, ni rasgarse las vestiduras, ni rechinar de dientes, ni nada de nada.

Total, para lo que sirve el libro. Y es que resulta que por falta de medios económicos y técnicos, y se supone por añadidura de que por ineficacia, ineptitud y desidia natural, en el año nefasto de 2009 no habrá Feria del Libro Leer Len.

La confusa y libérrima Fundación que se había estructurado a mano para el fin de celebrar anualmente un ferial dedicado al libro infantil, juvenil, adulto y envejecido ha decidido dejarse de librerías quijotescas y dedicar los denarios de que pudiera llegar a disponer para el sostenimiento del equipo de pelotón de tercera división, según se va, hasta que maduren las brevas y el libro alcance la categoría de instrumento de cultura de obligado cumplimiento.

Se pensó con este evento luminoso epatar a la burguesía analfabeta y señorial, pero así que se llegó al medio millón de euros, los activos e inteligentes miembros del festejo, acordaron dejarlo para cuando la crisis sea un recurso doloroso.

En el conjunto de figurantes fundamentales del rarísimo «Leer León», que nunca se llegó a saber qué es lo que quería significar, estaban presentes la Diputación, el Ayuntamiento, la Universidad y no sabemos si el Cabildo Catedral o la Junta de la Semana Santa.

El caso es que figuraban los representantes más figurantes y poderosos del lugar y nadie creía que estos estamentos que no tenían inconveniente en reforar a conjuntos dedicados a la patada reglamentada, o a montar un tiberio regio, o a la ayuda a la realización de un ceremonial con música de pandereta, nadie pensaba, digo, que un ceremonial tan barato como el de la exaltación del libro pudiera mover tan diversas y contradictorias opiniones como para cerrar el negocio...

Y así fue. Los probos funcionarios dedicados a la formulación cultural del personal, debió pensar, a la hora del reparto, lo que Lenin de la libertad y se dijo: ¿Y el libro, para qué? Y cerró todas las puertas que hacía el Día del Libro conducían, enderezando los pocos dineros de que disponen para operaciones más brillantes y más necesarias para la formación del espíritu nacional.

Los leoneses, pues, aceptamos la clausura del ceremonial del libro para dedicar todos los medios económicos de que pudiéramos disponer en el futuro, al sostenimiento de «ocurrencias» municipales enderezadas hacia la proclamación de cada uno de los veinticuatro Reyes que engalanan la historia y la atención salarial del Alcalde, del concejal o del papón.

Así es León y así lo queremos. Y cuando en el momento terminal de nuestra biografía suenen no las campanas sino los cencerros, acudiremos, como es costumbre a la puerta del conventillo, en demanda limosnera de la sopa boba.

Porque la inclinación hacia la ferialización del libro nos ha llevado a la bancarrota.

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«Una imagen vale por mil palabras y por cinco mil libros. Y el que quiera libros que vaya a Salamanca».