Diario de León

LA VELETA | AGUSTÍN JIMÉNEZ

La estrategia Tamiflu

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AGUSTÍN JIMÉNEZ
León

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EN FEBRERO, el 60 por ciento de la población de La Gloria, una región desfavorable de México, estaba enferma. En los parajes, una empresa de Virginia cría juntos montones de cerdos y de mierda. Publicaciones progres (Wired) y revistas sensatas (Nature) atribuyen la responsabilidad de la nueva gripe al muy cochino sistema masivo de producción en confinamiento denunciado por asociaciones solventes. Sea como sea, y visto que la mierda también tiene derecho a la globalización, un ejército de bichos nuevecitos se está expandiendo por doquier.

Enseguida se planteó el problema de su nombre. Tildar a la gripe de «mexicana» resultaba racista. Llamarla «porcina» era denigrante para los cerdos y, peor aun, introducía una palabra tabú en el vocabulario de los judíos, según argumentaron los rabinos de Jerusalén. (Una encuesta del diario «Haaretz» propone «gripe mexicana», «la otra gripe», «gripe de los gentiles» y «fiebre porcina, idiota»). Al final, la N1H1 se conoce como «gripe A». ¡Ah! Desde el primer día, la novedosa panda de bichos se convirtió en el nuevo fenómeno de masas: global por instantáneo, transparente por demócrata de infección universal, tremendo porque nadie se quería morir y folclórico porque es inconcebible una actividad pública que no dé lugar al merchandising. Enfangados en la inopia de otra crisis, los gobiernos saltaron sobre una oportunidad de oro que les brindaba la posibilidad de proteger a sus súbditos, alterar lo que parecía impepinable, expedir recetas sin que discrepara Rajoy y, en suma, distraer a la población y proyectar imagen de sabiduría y poder en un contexto de civilización y protocolo. Es sabido que la civilización es una mezcla equilibrada de histeria y eficacia y el arte de imponer protocolo a los imponderables. En el empeño, los gobiernos tuvieron a su lado los altavoces, los espejos y las lupas de los periódicos, responsables con su deber de informar, sobre todo cuando están perdiendo lectores.

Al día siguiente de saltar las alarmas, los foros de Internet habían encontrado al culpable y valorado el alcance de la amenaza. El antiguo secretario de Defensa Donald Rumsfeld, estratega chapucero, asesino implacable e ingenioso torturador, era presidente y principal accionista de la empresa que había vendido a Roche el medicamento Tamiflu, fabricado a destajo cuando la alarma de los pollos, millones de dosis del cual caducarán, si no se venden antes, dentro de seis meses. Las farmacéuticas están dispuestas a todo y Rumsfeld da el tipo perfecto de villano, uno que podría encarnar en una próxima película Jon Voight, el papá de Angelina Jolie. En épocas complejas hay que tener las ideas claras, como nos enseñan dos o tres religiones y muchos relatos de Ludlum. Tal vez la gripe es sólo una conspiración en la estrategia Tamiflú para dominar el mundo.

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