Diario de León

la opinión del lector

Cuentos de alcalde

Publicado por
Ismael González Millán (León)
León

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Érase una vez una tierra idílica, donde el alcalde, aunque socialista, privatizaba sin parar, para beneficiar a sus súbditos, los leoncitos. Y le tocó el turno al agua: sólo con la intención, según a él le gustaba decir, de que los leoncitos «pagasen sólo por el agua que consumían» (¿por qué antes, el Ayuntamiento cobraría más de la consumida? no lo decía porque el gobernante no tiene por qué explicar todo a sus vasallos). La privatizaba «para que no subiera el recibo», y «no se despilfarrase agua»; para ello, la empresa concesionaria realizaría la modernización necesaria (sin subir el recibo, insistía). Pero esto lo hacía sólo porque las arcas públicas estaban vacías; no lo hicieron antes porque, aunque se despilfarraba y no se pagaba toda, en ese país sobraba el agua y el dinero. El 63 % del agua no se cobraba, no porque el Ayuntamiento no supiera gestionar los recibos, pues demostraba que sabía hacerlo cobrando los impuestos ordinarios, como el IBI, sino por magnanimidad, dada la riqueza de la ciudad. Y además, la concesionaria empezaría a cobrar el agua que el propio Ayuntamiento gastaba (jardines, baldeos de calles, polideportivos, etc.), pero a coste cero, pues en verdad no querían subir el recibo. Y además, prometía que, cuando mejorase la economía, la gestión volvería a manos públicas: la empresa revertiría el servicio, sin esperar a los 25 años pactados, ni exigir precio alguno por el rescate, como pedían por devolver las autopistas, aunque no hubiese recuperado lo invertido, y, mucho menos, obtener beneficios. También prometió poner un tranvía sin coste alguno para los leoncitos. La multimillonaria inversión en vías, tren, y su mantenimiento, se sufragaría sólo con los tickes de los viajeros, porque iría siempre lleno, y tal vez en 100 años ya habría recuperado la inversión sin que el Ayuntamiento pusiera un solo euro. En aquel país, los empresarios eran así de generosos, y los leoncitos tan estúpidos que se lo creían todo. Eso es lo que pensaba el alcalde de sus súbditos, a los que mucho prometía y muy poco cumplía.

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