CON VIENTO FRESCO | JOSÉ A. BALBOA DE PAZ
De nuevo, la pobreza
VUELVEN los pobres o, quizá, nunca se fueron. Sin embargo, eran menos visibles al amparo de las instituciones sociales que el Estado creó en el siglo XX. La miseria y su secuela más evidente -la mendicidad- atraviesan toda la historia, la de España también. Durante siglos los mendigos pulularon por todas partes, aún en los tiempos de abundancia. En la Edad Moderna española el problema de los pobres llegó a ser de una gravedad lacerante, sobre todo en ciertos años y lugares. Fue una de las sombras de aquella España imperial de la que habla el historiador Manuel Fernández Álvarez. Pero también hubo algunas luces, pues dicho problema llevó a una profunda reflexión sobre las causas de la misma; y a un vivo debate sobre conveniencia de la limosna, la distinción entre pobres de necesidad y pobres fingidos o pícaros; e incluso a aprobarse algunas leyes u ordenanzas locales para paliarla.
En el debate participaron grandes pensadores de la época, como Juan Luís Vives cuya obra Del socorro de los pobres (1525) planteaba censar a los pobres y aplicarles, a los que lo fueran de verdad, medidas de ayuda. Pero fue el año 1545 cuando se llevó a cabo lo que Félix Santolaria, su editor, llama El gran debate sobre los pobres en el siglo XVI (Ariel, 2003), en el que participaron el dominico Domingo de Soto y el benedictino Juan de Robles, referencias obligadas desde entonces en este tema. Hubo también algunas medidas legales, pero en general el Estado, que no quería saber nada de lo que hoy llamamos bienestar, apenas hizo nada. La beneficencia quedó en manos de la caridad privada y de la Iglesia, que mediante el diezmo, sufragó los gastos de hospitales, hospicios y ayudas alimenticias. Para aquella sociedad, el pobre, el de verdad, no era un ocioso pues tenía algo que ofrecer: la oración. Con la crisis vuelven los pobres. La consecuencia social más grave de ésta es el paro, que ya asciende a más de cuatro millones de trabajadores. El moderno Estado ha creado mecanismos de ayuda, de seguridad social; pero a medida que la crisis se prolonga muchos dejan de percibir las ayudas por desempleo, y con ello aparece el hambre y la mendicidad. En León más de 13.000 personas en paro -aproximadamente un tercio de los que viven esa situación- ya no reciben ningún tipo de prestación social por desempleo. Según La Cruz Roja el 20% de la población española está en riesgo de exclusión social. En nuestra provincia son ya más de 8.000 las que viven en situación de vulnerabilidad, de las que cerca de un 50 por ciento nacieron en el extranjero, por lo que su situación es aún más precaria.
Se vuelve a teorizar sobre la pobreza, hay jornadas y debates sobre la misma; surgen tensiones laborales y aumenta la xenofobia. El Estado ha gastado muchos millones de euros en paliar las consecuencias de la crisis, pero no son suficientes en lo social. Algunas onegés, por ello, piden que se destine el 1% de IRPF a ese fin. Mientras tanto vuelve el Auxilio Social, bajo otro nombre como escribe Manuel Alcántara, y la caridad privada. En Andalucía algunas Cajas y onegés reparten cheques-menú para comer. El obispo de Astorga, como está haciendo Cáritas por toda España, pide a los sacerdotes de su diócesis, con salarios mileuristas, que donen, por caridad (amor), el 10% de su sueldo para abrir un comedor social en Ponferrada. La Iglesia, como siempre, los acoge sin distinción. Los pobres hoy tienen poco que ofrecer a esta sociedad incrédula, que los estigmatiza porque les recuerda tiempos que quiere olvidar.