Publicado por
José Antonio Fernández Llamas
León

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ENTRE elecciones, la clase política se muestra altiva e indiferente. A día de la fecha tal es la tesitura, pues los próximos comicios europeos, cuya trascendencia queda diluida en la circunscripción única, deben obviarse. Tampoco altera el protocolo institucional reiteradas protestas como las protagonizadas por los vecinos de Puente Castro, acaso porque, ubicado allende el río Torío, solo representa leve y pasajero contratiempo cada vez que, los alborotadores, osan cruzar la referida frontera natural. Así, ocurre lo siguiente: afiliado aventajado, tras fructificar sus desvelos en cargo de tronío, acusa, súbitamente, una distensión cervical (grado ocho de diez) de carácter permanente, con agravamiento en presencia de ciudadanos. Dicha metamorfosis, incídase, resulta palpable bajo coincidencia casual en vía pública; incluso, cuando, años atrás, el ahora doliente intercambiaba saludo de modo cortés. Sucede, también, que el mal afecta de manera inversamente proporcional a la categoría del puesto, quizá por el esfuerzo añadido de quien ha de superar esa menor relevancia. La enfermedad encuentra manifestación colectiva al tomar la calle, en paseo distraído, varios integrantes de la casta dirigente; y, de nuevo, agudiza sus efectos si el motivo es solemne y no hay certeza de primer plano en el enfoque, siempre discrecional, del fotógrafo. Sondeando el terreno de la imaginación, viene al caso un encuentro en la sala de espera de cualquier consultorio médico. «Antesala del traumatólogo. Sobre las veinte horas, irrumpió un caballero de aparente circunstancia. El entrante adoptó la postura bípeda mientras el resto de pacientes permanecíamos en posición sedente. Supimos, los allí reunidos, de su hombría pública porque sus pasos dibujaban círculos concéntricos de amplitud creciente, cual si quisiese abarcarlo todo. Igualmente, lo delataba (máxime la inexistencia de jeroglífico alguno en el techo) la testuz, en exceso erguida, probable secuela de su etapa profesional como buscanidos… Absorto, me llegó el turno y pude observar cómo el hombre de referencia casi se descoyunta la cerviz en el intento, fallido, de alcanzar mi metro ochenta y tres. Menos mal que la diligente enfermera, tráfico de influencias aparte y mediante, coló al cuellilargo…Y concluyó la escena». La tesis apuntada anteriormente encierra las habituales excepciones: el ex presidente de la Diputación Provincial, Javier García Prieto, destilaba humildad, algo que, junto a su eficaz gestión, lo haría merecedor al reconocimiento de gran número de adversarios políticos; el actual Subdelegado del Gobierno, en su sencillez, parece como si ofreciera disculpas por no pasar desapercibido; el procurador del grupo mixto en las Cortes castellano leonesas, Joaquín Otero, con ocasión del fallecimiento de su tío, don Antonio Pereira, derrocha cercanía y reconoce a quien esto escribe de una oportunidad, distante ya en el calendario. Asimismo, el Abad de San Isidoro que, de motu propio, acortará un mandato casi vitalicio y al cual es posible ver en funciones de menor rango: verbigracia, la atención a la portería de la «casa de espiritualidad». Aun cuando extraño al gremio de la triple alfombra oficial, valga su ejemplo a fin de ilustrar el desapego al cargo y la incansable vocación de servicio. ¡Que tomen nota algunos! No obstante todo lo expuesto, siempre quedará el remedio de las siguientes elecciones de ámbito nacional o inferior: en algunos casos, administrado el fármaco «lección de humildad», la curación deviene definitiva (existe constancia de ello); en otros, la tara recurre durante cuatro años más.

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