Diario de León
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VICTORIANO CRÉMER
León

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Crémer contra Crémer

No puedo evitar. Quizá porque tampoco lo intento, pero es el caso de que Inglaterra, la pérfida Albión que también decíamos en la Escuela, me cae fatal.

Y no por lo de la Armada Invencible de Don Felipe el Segundo, que al fin y al cabo tampoco fue como para comer cerillas, sino porque sus múltiples, sus renovados asaltos a mano armada y a fragata española invadida y despojada, que es capítulo de la Historia que bien merece la Memoria Histórica de la que tanto hablaba el maestro de letras muertas, en donde recibí educación y hasta igualdad, fraternidad y hermandad.

Cuando el argentino señor Messi le metió a la Inglaterra impasible el segundo de los goles que había de servir para anotarse el Campeonato de Campeones del Mundo al Manchester, no pudo evitarlo, ya lo dije, y me alegré hasta la consumación de la aventura.

Se trataba de conquistar la Champions o Campeonato de Campeones de eso del foot-ball y habían quedado para la pelea final los dos mejores de la serie: El Manchester que dije y el Barcelona que no dije.

Y cuando los miles y miles de asistentes al espectáculo desde los confines del mundo más o menos civilizado, ya con Su Majestad Católica presente y diversas autoridades también presentes, como palmeros de gala, se abrió el capítulo de las apuestas.

Y casi todos apostaron por el Manchester y a su héroe indiscutible Don Cristiano, portugués contratado para la gran Victoria.

Cuando el camerunés, señor Eto-™o colocó el pelotón en el interior de la casa inglesa, los sillares de la Corona temblaron de pena...

De pena y de dolor, que se acrecentó cuando ya en el segundo plazo del desafío el argentino Messi repitió la faena y puso el segundo en la canasta...

Se desbordó el júbilo general. Y al final de la gran contienda el juez del encuentro tocó el pito anunciando el final de la representación.

Y allí si que fue Troya: los jugadores y unos señores muy circunspectos que habían ocupado los asientos de honor, prácticamente se echaron al campo, en una de las invasiones de júbilo de mayor empaque y dignidad que vieran los siglos.

El Rey de España, que había permanecido inasequible al desaliento, a la espera de la Gran Victoria Hispánica, se levantó de su estrado y batió palmas, como cualquier villano.

Y los jugadores también se echaron al verde y ancho campo do había tenido lugar la epopeya, se cubrió de vocigerantes y apasionados señores y alguna que otra señora, que vitoreaban a Cataluña, al señor Guardiola, a Iniesta y a siniestra.

Y los vestiditos de blanco, o sea los manchesturianos, cayeron fulminados y recibieron la medalla con gesto desolado.

Y es lo que decía mi compañero: Si para acabar con la crisis se contara con ministros, con presidentes, con secretarios como los que compusieron la esforzada milicia balompédica, seríamos los primeros en cantar victoria y en acabar con el paro.

¡Gloria y honor a los invictos paladines que les dieron al Manchester por el protocolo y viva Pérez de Guzmán...!

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