La armada invencible
Crémer contra Crémer
No puedo evitar. Quizá porque tampoco lo intento, pero es el caso de que Inglaterra, la pérfida Albión que también decíamos en la Escuela, me cae fatal.
Y no por lo de la Armada Invencible de Don Felipe el Segundo, que al fin y al cabo tampoco fue como para comer cerillas, sino porque sus múltiples, sus renovados asaltos a mano armada y a fragata española invadida y despojada, que es capítulo de la Historia que bien merece la Memoria Histórica de la que tanto hablaba el maestro de letras muertas, en donde recibí educación y hasta igualdad, fraternidad y hermandad.
Cuando el argentino señor Messi le metió a la Inglaterra impasible el segundo de los goles que había de servir para anotarse el Campeonato de Campeones del Mundo al Manchester, no pudo evitarlo, ya lo dije, y me alegré hasta la consumación de la aventura.
Se trataba de conquistar la Champions o Campeonato de Campeones de eso del foot-ball y habían quedado para la pelea final los dos mejores de la serie: El Manchester que dije y el Barcelona que no dije.
Y cuando los miles y miles de asistentes al espectáculo desde los confines del mundo más o menos civilizado, ya con Su Majestad Católica presente y diversas autoridades también presentes, como palmeros de gala, se abrió el capítulo de las apuestas.
Y casi todos apostaron por el Manchester y a su héroe indiscutible Don Cristiano, portugués contratado para la gran Victoria.
Cuando el camerunés, señor Eto-™o colocó el pelotón en el interior de la casa inglesa, los sillares de la Corona temblaron de pena...
De pena y de dolor, que se acrecentó cuando ya en el segundo plazo del desafío el argentino Messi repitió la faena y puso el segundo en la canasta...
Se desbordó el júbilo general. Y al final de la gran contienda el juez del encuentro tocó el pito anunciando el final de la representación.
Y allí si que fue Troya: los jugadores y unos señores muy circunspectos que habían ocupado los asientos de honor, prácticamente se echaron al campo, en una de las invasiones de júbilo de mayor empaque y dignidad que vieran los siglos.
El Rey de España, que había permanecido inasequible al desaliento, a la espera de la Gran Victoria Hispánica, se levantó de su estrado y batió palmas, como cualquier villano.
Y los jugadores también se echaron al verde y ancho campo do había tenido lugar la epopeya, se cubrió de vocigerantes y apasionados señores y alguna que otra señora, que vitoreaban a Cataluña, al señor Guardiola, a Iniesta y a siniestra.
Y los vestiditos de blanco, o sea los manchesturianos, cayeron fulminados y recibieron la medalla con gesto desolado.
Y es lo que decía mi compañero: Si para acabar con la crisis se contara con ministros, con presidentes, con secretarios como los que compusieron la esforzada milicia balompédica, seríamos los primeros en cantar victoria y en acabar con el paro.
¡Gloria y honor a los invictos paladines que les dieron al Manchester por el protocolo y viva Pérez de Guzmán...!