Jackson/Loman
Fronterizos | miguel a. varela
Por si aún no se han enterado, estos días ha muerto Michael Jackson. Cuando muere una estrella del pop se produce el mismo efecto que en la física astronómica: su luz sigue brillando y la caja registradora se pone a máxima potencia. Las estrellas del pop dejan siempre un rastro de luces y sombras que alimentan la leyenda y contribuyen a mejorar los resultados contables y en el caso de este músico de infancia corta, creador de movimientos imposibles, hay rastros para décadas. Hace ahora sesenta años, sobre los escenarios de Broadway, murió por primera vez el viajante Willy Loman, creado por Arthur Miller, bajo las precisas instrucciones de Elia Kazan. Loman es la otra cara del sueño americano, la representación del fracaso, del hombre vapuleado por un sistema en el que cada uno vale lo que pueda vender en ese momento. Y Willy, después de 35 años mostrando su mercancía, atrapado en sus sueños y en sus frustradas esperanzas, el día en que ha conseguido pagar con esfuerzo el último plazo de la hipoteca, descubre que vale más muerto que vivo. Hace una semana tuve ocasión de ver morir otra vez a Willy Loman, sobre el escenario del Teatro Español de Madrid, bajo las instrucciones, ahora, de Mario Gas. El personaje construido por Miller tiene la complejidad de los grandes arquetipos y resume en tres horas las contradicciones del siglo XX. Aquí no hay héroes protegidos por los dioses, no hay príncipes dispuestos a vengar el asesinato del rey, no hay honras que defender ni honores que mantener. Willy Loman es un hombre, un pobre hombre sobre el que cae el fracaso de eso que hemos decidido llamar vida. Michael Jackson fue un ser real que acabó convertido en personaje vapuleado por el éxito. Willy Loman es una invención literaria de hace sesenta años en la que hoy reconocemos a miles de ciudadanos anónimos que caminan por las calles con maletas llenas de sueños.