Apaga y vámonos
Tribuna | José Luis Gavilanes Laso
Escritor
Me refiero a este dicho, no en el sentido que una cosa determinada toque a su fin, sino entendiéndolo como algo disparatado y absurdo que acontece relacionado con los incendios. No los forestales, que van ya por las ochenta mil hectáreas abrasadas ?a los que dejo para otra tribuna?, sino a aquellos que, bien por falta o lejanía de medios de extinción, bien como consecuencia de la desidia de sus habitantes, pueden afectar a nuestros pueblos y aldeas.
No parece razonable, más bien descabellado y peligroso, que una provincia de 15.468 kilómetros cuadrados y más de medio millón de habitantes sólo disponga de dos parques de bomberos (León y Ponferrada). Si a los Ayuntamientos de más de 20.000 habitantes cumple legalmente tener servicio de extinción de incendios, a los municipios de menor población esa responsabilidad debería corresponder, obviamente, a las Diputaciones. Ignoro, dada la compleja administración del Estado español, qué papel competencial tiene en esto la Consejería de Medio Ambiente de la Junta o el Gobierno central. En cualquier caso, lo absurdo, comparativamente hablando, es que las poblaciones alejadas de los dos parques de bomberos existentes en nuestra provincia, algunas cercanas a los 20.000 habitantes, estén absolutamente indefensas contra los incendios, pagando, como pagan, los mismos impuestos que las más cercanas. El reciente y devastador incendio en el polígono industrial de Riego de la Vega ha despertado el humo dormido de las conciencias. Porque, además del estrago material, el desastre ha hecho peligrar más de un centenar de puestos de trabajo en las empresas Aperitivos Gus e Hiper Mueble Riego; y a los cultivadores de patatas de la zona tener que buscarse otros compradores. Como suele ocurrir a posteriori de las catástrofes, hay lamento y consternación en quienes más responsabilidad tienen para que, al menos, se hubieran mitigado los efectos. Sin dejar de lado las indudables repercusiones en las pólizas de seguros, cuyo importe sobre los inmuebles ha de ajustarse conforme estén más próximos o alejados de los parques de bomberos. Lo curioso es que, si se nos ocurre pasar la frontera cercana con Portugal, vemos, por poner sólo dos casos, que poblaciones inmediatas como Almeida o Gouveia, de tres mil y seis mil moradores, aproximadamente, tienen sus parquecitos de bomberos voluntarios. El hecho de que la Diputación Provincial se haya desentendido hasta ahora del asunto, dando anualmente una cantidad de dinero a los Ayuntamientos de León y Ponferrada, no es solución. Porque de lo que se trata no es de «lavarse las manos», «huir de la q uema» o «cargar el muerto» a una aportación pecuniaria, sino de poner la «mano en el fuego» con parques de bomberos, profesionales o voluntarios, distribuidos estratégicamente según núcleos de población. Y digo, a quien corresponda, que parece aún menos entendible, y hasta frívolo, encauzar dineros públicos a otros destinos privados, teniendo un servicio, tan importante como el de extinción de incendios, completamente desatendido en el ochenta por ciento de la geografía leonesa.
Aprovecho para resaltar otro aspecto de nuestra geografía provincial que convendría corregir con urgencia. Al observar con atención el paisaje y el paisanaje leonés, existe una fuerte disparidad respecto al estado de dejadez o cuidado, comportamiento cívico e incívico, que presentan nuestros lugares y aldeas. Estuve la primera semana de agosto en la feria Verano Cultural de Val de San Lorenzo. Da gusto y satisfacción transitar por las calles de este pueblo, comprobar el aseo de sus casas, la limpieza de las aguas, el esmero de sus huertas y el atractivo del cuidado jardín público donde se asentaban los puestos de la feria. Todo esta grata demostración medioambiental desvela también otra conclusión aún más positiva: que hay un sentir hacia lo público, hacia lo que es de todos, tan importante o más que hacia lo privado. Y el orgullo que de ello se tiene, transmitido a los más jóvenes, que han de recibirlo y conservarlo en arraigados principios de civismo y pulcritud.
Desgraciadamente podemos encontrar bastantes contrapuntos en nuestra geografía al buen sabor que dejan poblaciones como la de Val de San Lorenzo. Sin ir más lejos, a poco más de veinte kilómetros de la capital, se encuentra la aldea de Villalobar, perteneciente al Ayuntamiento de Ardón. Si paseas por uno de sus contornos, el que está contra el término de Benazolve, hay un tupido bosquecillo, comunal o privado, que si sólo estuviese abandonado ya sería una suerte para él. Porque la desidia de las gentes del lugar lo han convertido en un auténtico muladar. Puestos a darle nombre, habría que bautizarlo como El Bazar, o La Botica, pues en él puedes encontrar de todo, grande o pequeño, de hierro o de plástico..., hasta una enorme rueda de tractor que ya apenas se ve y te deja atónito por la carga de inmundicia que tiene encima. Algunos árboles, heridos por tanta maleza alrededor, están moribundos, casi peleles, sin sombra ni sustancia, como infelices colgados de sí mismos esperando la mano piadosa que los inhume. Otros han sido talados. Sus muñones brotan como hongos cenicientos y miserables sobre la tierra apagada. En medio del idílico vergel discurre un pequeño arroyo sucio y melancólico, al que en la mayor parte de su curso sólo se le supone por el tenue verdor que lo circunda; fluyendo milagrosamente por estar cargado de durezas y navegado por envases de progreso. Todo el conjunto parece un cuadro surrealista embadurnado a golpe de brochazos grises y asesinos. Pero, sobre todo, propicio a que algún descuido, una chispa o un mentecato tocando la gaita desde un teso cercano le ponga parecido canto que Nerón a Roma. No hay que preocuparse. Los bomberos de Papalaguinda estarán ahí en veinte minutos. A tiempo para evitar que las llamas alcancen a las viviendas más próximas. Alguna de ellas de barroquismo pretencioso y chocarrero; o con pretensiones nobiliarias, por acoger con los brazos abiertos a presuntos heraldistas, para que, buceando en simuladas genealogías, les vendan un escudo que inscribir en las vidrieras del cuarto de baño.
¡Qué edificante sería al espíritu de las gentes y la educación de sus hijos, que tanto ocio vacuo e inútil se transmutase en actividad, transformado estos espacios abandonados y degradados en auténticos lugares de recreo! Si las administraciones públicas fallan, que la iniciativa particular se aúne en esfuerzo colectivo, especie de Promedioambiente, limpiando y adecentando parcelas, como hace ejemplarmente la institución Promonumenta sobre las venerables piedras del pasado.