PP: una mala defensa
Panorama | antonio papell
La reiterada denuncia de escuchas ilegales por parte del Partido Popular, sin aclarar de qué asunto en concreto se está hablando ni aportar prueba alguna, es una mala estrategia de defensa frente a la acumulación de querellas por corrupción económica que padece el partido. Ha habido, sí, filtraciones de conversaciones inquietantes intervenidas por orden judicial pero, de momento, no se ha aportado evidencia alguna de que hayan existido intervenciones telefónicas ilegales.
Con independencia de lo inadecuado que resulta denunciar sin pruebas, el PP ha perdido claramente los papeles al desarrollar esta estrategia reactiva. Cristóbal Montoro, insólitamente, manifestó hace días que el PP ya ha cumplido al acusar al Gobierno y al PSOE de espionaje telefónico; ahora serían éstos los que deben demostrar que no ha existido. Hubo que recordar al ex ministro popular desde instancias judiciales que las cosas no funcionan así, que al denunciante le corresponde la carga de la prueba. Pese a ello, el martes, Dolores de Cospedal, tras una reunión del Comité de Dirección de su partido, reiteraba sus acusaciones genéricas asegurando que las pruebas están en los periódicos a la vista de todos. Inaudito.
Es comprensible la zozobra de la dirección del PP, que se está encontrando con muchos cadáveres bajo las alfombras que pisó Aznar y que tiene un serio problema en muchos frentes (Valencia, Madrid, Baleares) que involucra a muchas y encumbradas personas y que no excluye un caso de financiación ilegal del partido (ha de recordarse que quien ha sido hasta hace unos días el tesorero del PP es uno de los principales imputados del caso Gürtel). Sin embargo, en este país de pícaros no suelen dar resultado las evasivas: tras la muleta de las escuchas, embiste el toro de la corrupción. El ruido confunde pero no atrae ni seduce; los argumentos, en cambio, arrastran hacia el voto.
Lo razonable, en fin, sería que Rajoy y su equipo se esforzaran por sajar las pústulas caiga quien caiga y por regenerar el partido con designios de transparencia y honradez, haciendo verdadera pedagogía y poniendo de manifiesto que no son las instituciones ni las organizaciones las que se corrompen, sino apenas grupos de indeseables que actúan con deslealtad contra la sociedad que les ha conferido alguna responsabilidad. Los ciudadanos de este país ya tenemos curtido el olfato y distinguimos bastante bien las marrullerías, las evasivas y las cortinas de humo. Por ello precisamente, es impertinente que Rajoy caiga en la trampa de dar manotazos y palos de ciego cuando nadie lo señala a él ni a su partido, sino sólo a los desaprensivos que se han valido de las siglas populares para enriquecerse.
Ya observó Mariano Rajoy durante la legislatura pasada que la crispación no le favorece electoralmente; cuando parecía que la agitación de una legislatura insufrible podía beneficiarle, los electores reiteraron su confianza a José Luis Rodríguez Zapatero. Por ello optó inteligentemente por la vía centrista en el pasado Congreso de Valencia, que lo ratificó al frente del Partido Popular. Las consecuencias de aquel viraje han sido saludables para el país, y la labor de oposición es mucho más fecunda. Así las cosas, cuando tiene el futuro bien encaminado, no debería permitir Rajoy que los contratiempos lo desplacen de nuevo extramuros de la moderación.