Todos a una
Al trasluz | eduardo aguirre
Donde menos te lo esperas, salta un derecho de autor. El Ayuntamiento de Fuenteovejuna no quiere pagarle derechos a la Sociedad General de Autores por su representación popular de la obra de Lope. Algo parecido ha pasado en Zalamea. Y pasará en Olmedo. Por lo visto, ya no puede usted decir a un viejo amor imposible que «siempre nos quedará París», pues la SGAE le reclamará un riñón para los herederos de Rick. Se acabó hacer el grito de Tarzán en la piscina, tiene patente registrada. Y mucho cuidado con espetarle en una junta al vecino «nunca debiste cruzar el Mississippi», la advertencia pertenece a los nietos de Leone, pongamos por caso. Hasta el socorrido «¡Ostras, Pedrín!» puede tener padre, ser ocurrencia de sabio conocido. Quienes escribimos sabemos que todo ha sido dicho ya antes, incluso por nosotros mismos. ¿A quién pertenece nuestra identidad cultural? la mayoría de las veces a un nieto ocioso, que tuvo la suerte de pasar genéticamente por allí. No obstante, un mundo sin reconocimiento legal de los derechos de autor sería un caos, de ahí que deba imperar una lógica, sin codicias arbitrarias que obstaculicen la celebración de tradiciones que nos singularizan, pero también sin negar la existencia de la propiedad intelectual. Todos hemos llegado, visto y vencido alguna vez, y que nos perdone Julio César si a él se le ocurrió primero. Todos hemos cantado bajo la lluvia, con o sin permiso de Gene Kelly. Todos hemos estado solos ante el peligro. La memoria colectiva es una guionista que trabaja con materiales ajenos, como Shakespeare. Por ello, no hay que demonizar sin escuchar previamente a las partes. ¿Tengo que pagar cada vez que canturreo a mi mujer: «Si tú me dices ven-¦?». No. Los Panchos sabrán perdonarme y encontrar otra fuente de ingresos