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León

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La espontánea autoexclusión del ex presidente Felipe González de una posible candidatura a la presidencia del futuro Consejo Europeo constituye una relativa sorpresa porque se anticipa a un debate que en España ni siquiera ha aflorado. González disfruta todavía de un prestigio internacional que podría concederle importantes respaldos si decidiera aspirar a un puesto tan representativo. Porque si el Tratado de Lisboa finalmente recibe luz verde de los 27 la figura presidencial rotatoria será reemplazada por una estable que en los primeros compases de su gestión se jugaría el futuro de la institución. Para ese papel se requiere una personalidad política de europeísmo creíble, pero que cuente también con la promoción del Gobierno de su país. Algo con lo que, por el momento, el ex presidente no ha contado.

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