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León

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Al trasluz | eduardo aguirre

En esta vida hay verdades impepinables: el Real Madrid es mejor que el Barça, las fabes las carga el diablo, cría cuervos y tendrás más, una bella canción no puede curar una herida de amor, pero la alivia-¦ en fin, todo aquello que sabemos sin necesidad de haberlo estudiado, porque es de cajón. No deben confundirse con las verdades absolutas, que pertenecen a un ámbito superior y no superan las dos o tres, pero mejor no digo cuáles son pues bloquearía la sección de cartas al director, incluida la edición digital. Aquí van algunos ejemplos más de verdades impepinables: la política se ha terminado convirtiendo en el problema de los políticos, ciertas cadenas de televisión te pueden contagiar la rabia tifoidea, no todos los submarinos son amarillos, la condición humana también puede extinguirse, como un día lo hizo el pájaro siemprealegre-¦ Ya, ya, lo sé, en términos estético filológicos, «impepinable» no es una expresión de las que hubiese utilizado Bécquer, pues etimológicamente viene de pepino, palabra carente de la elegancia poética, sí, pero tampoco la tienen chirimoya, chistorra o percebe y no por ello vamos a desterrarlas de nuestro vocabulario gastronómico vital. Ni siquiera tienes que haber recorrido todo tu camino -”interior o exterior-” para percibir cuáles son, pues viajas con ellas, están contigo incluso cuando las ignoras, como un viejo amigo leal. En la mili, un cabo culé me espetó que él con dicha teoría mía se hacía un

gazpacho, y todavía estoy preguntándome qué quiso decir con ello, pero esa noche me tocó de nuevo guardia. A veces, se está más guapo calladín, y esto es tan cierto como que dos y dos son cinco, que todos estamos algo pasados de rosca, o que al amor y al tiempo no hay quien los entienda. Una gran verdad impepinable.

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