Políticos
A esgaya | emilio gancedo
Como se os suele ir el santo al muslo con tanto viaje, tanta reunión, tanta comilona y tanta prebenda por trás, pues os lo voy a recordar, sí señores, así, en pocas palabras. Para que lo entendáis hasta vosotros.
Lo que se os pide, mayormente, para lo que se os vota, principalmente, es para que aportéis alguna cosa positiva a la labor ya hecha, al trabajo que dejaron, mal o bien rematado, otros compañeros del gremio. No os vamos a exigir tanto como al artista, es decir, que añadáis belleza a la belleza del mundo (o sí, ¿por qué no?), sino al menos utilidad. La cuestión es que cuando abandonéis el puesto (ese que parece vuestra única razón de vida), echéis la vista hacia atrás y constatéis, de manera fehaciente, el cumplimiento de vuestra misión; que podáis decir con pleno conocimiento de causa: «He construido algo bueno, útil, que antes no existía. Para ello, no he despilfarrado el poco o el mucho dinero que me encontré al llegar. No he enredado o ensuciado el paisaje urbano, natural o humano con polémicas estériles ni he levantado polvaredas absurdas buscando tan sólo mi engrandecimiento personal o el del partido, esa máquina irracional que no tiene medida. Donde había un problema, he propuesto una solución. O por lo menos lo he intentado».
Es decir, si hay un casco antiguo -”que es justo lo que van ver, principalmente, quienes nos visitan-” que parece un campo de minas, una ciudad en guerra pintarrajeada y tachonada de solares llenos de basura, pues arreglarlo, coño, arreglarlo. Si contamos con una ciudad vieja que podríamos tener perfecta porque su monumentalidad es abarcable, pues hacerlo, demonio, hacerlo. Y si queríais ganar millones con impersonales e inhumanos polígonos de pisos que se tragan hipotecas y suelo arbolado y ahora veis que se han convertido en monumento mudo a la estupidez y a la voracidad humana, pues pensad, pensad en ello.
Haced la prueba. No queremos más.