Diario de León
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Al trasluz | eduardo aguirre

Según Rajoy, «Santo Job sólo ha habido uno en la historia». Dos con mi padre, añadiríamos muchos. Y tres con mi señora, nos atreveríamos a precisar algunos, sin ánimo de chafar la estadística. Sus palabras fueron una versión recatada del castizo «empiezo a estar hasta los mismísimos de que los mismos estén siempre con lo mismo». Es decir, de que las inquinas entre Aguirre y Ruiz Gallardón se hubiesen convertido en costumbre; o que en Valencia, tararí que te vi.

No soy el Santo Rajoy, vino a advertir a quienes debían darse por aludidos, y se lo dieron. Mano de santo, oiga. Ayer, ambos rivales contribuían a desbloquear el penoso espectáculo de canibalismo y voracidad por el poder en Caja Madrid. Si no fue un milagro, lo parece. La referencia bíblica resultó tan contundente como la de Flanagan y su nunca debiste cruzar el Mississippi. Y es que Rajoy, político paciente donde los haya, ha comprendido que a veces es mejor perder un rato la paciencia a que la pierdan para siempre los votantes. Qué gran virtud ésta, frecuentemente confundida con otras de rango menor, incluso con sucedáneos. Por ejemplo, que alguien haya dedicado años de su vida a transcribir en un fideo las obras completas de Shakespeare no indica paciencia, sino estupidez de piñón fijo. Tampoco debemos confundirla con la ira contenida: «Soy muy paciente, antes de cometer una barbaridad cuento siempre hasta tres»; pues qué mínimo que hasta setenta veces siete. Y nada tiene que ver con la inercia, languidez o tibieza en las decisiones; al contrario, es fortaleza interior ante los problemas, siempre ligada a la esperanza. Puede que Santo Job sólo haya habido uno, pero lo de ayer de don Mariano si no ha sido un milagro lo parece. Mano de santo. Por lo menos, por un rato. Y nunca mejor dicho.

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