Diario de León
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A esgaya | emilio gancedo

Se dice que crecer no es lo mismo que madurar, y es bien cierto. Lo cual puede valer tanto para personas como para sociedades enteras. León es país antiguo (todas las tierras lo son, como mínimo desde los tiempos de la Pangea, así que diremos, para no incurrir en error, que lo leonés gozaba de personalidad jurídica en cuanto tal, influyendo decisivamente en otros territorios, hace ya más de mil años), pero en lo que respecta a las actitudes políticas y morales de sus ciudadanos y gobernantes tiene todavía por delante un largo, largo camino. Un trecho pindio.

Algo de esto hemos podido ver en las últimas semanas.

Estos días hemos comprobado que hay quienes no tienen empacho alguno en poner por delante una determinada opción política a la verdad, a los hechos, a la tozuda realidad de las cosas. Ese comportamiento suele recibir el nombre de sectarismo. Y se acusa, a quienes prefieren adherirse a la esquiva verdad, de alta traición y de no sé cuántas necedades más. Curioso sistema de valores (y siempre abocado al fracaso), aquel que prefiere crear su propia realidad, aquel que se declara en rebeldía de la vida misma y decide confeccionar un mundo virtual a su imagen y semejanza en el que no imperen las normas generales de la dignidad humana y de la verdad, o donde ésta se pueda estirar, encoger, retorcer o recortar.

La realidad sólo puede ser modificada, mejorada, desde ella misma, desde su conocimiento profundo. Y esto han de tenerlo muy presente aquellos que aspiren a cambiar el mundo (o por lo menos una parte de él, como León). Por eso, el primero de todos debe ser un compromiso completo, un activismo feroz, una militancia ciega... del lado de la verdad, esa que siempre duda de todo, esa que siempre se replantea todo, y no del lado del sectarismo, esa otra forma de fanatismo. Y ya tenemos bastantes problemas aquí como para soportar a sectarios o a fanáticos.

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