Diario de León
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En blanco | javier tomé

El mundo que nos ha tocado vivir, dijo cierto visionario, es un cuento sin sentido, contado a capricho por la televisión. Algo de razón puede tener, en vista de las torrijas mentales provocadas por algunos programas que a los españoles nos gustan más que las peladillas. La llamada antaño caja tonta se ha convertido ahora en una suerte de telechupete, copado por una copiosa nómina de charlatanes insufribles que no valen su peso en estiércol. Distinguidos en su conjunto por una capacidad inagotable para hacer el indio, dicho sea con todos los respetos para los apaches, las amenas tardes televisivas se debaten en un permanente estado de aullido y agresividad, debido a los argumentos altos en colesterol que saturan la parrilla. Si una cadena retransmite cierto concurso de belleza, en el que una de las aspirantes afirma que Colón descubrió América allá por 1700, año arriba o año abajo, su competidora más feroz se centra en otra bobada elevada al rango de solemnidad, como pueden ser los albures de camastro de la famosilla de turno.

Ocurrencias muy celebradas por el vulgo, que además cuentan lo suyo a la hora de incrementar el justiciprecio del nutrido Producto Interior Bruto. En la cúspide de la escalera del éxito popular se encuentra esa Belén Esteban de disposición más bien arisca y dotada, según sus fieles, de mucha clase pero más bien escaso cerebro. En uno de sus últimos shows, y entre los bufidos y reproches de rigor, se dignó a interesarse por una tal «Ana Karetina», lo que suena a chiste delicioso en boca de semejante monumento a la voluntad humana. Menos mal que aquí en España no solemos tener los modos agrios que se dan en Arabia Saudí, donde se ha condenado a una periodista televisiva a recibir la friolera de sesenta latigazos por incitar al pecado en su programa, dado que contó en pantalla su más íntimas experiencias sexuales. Hasta ahí podíamos llegar.

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