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León

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Al trasluz | eduardo aguirre

Los científicos han hallado el lugar más caliente del universo. Y no está ubicado en la sede del Consejo de la Juventud extremeño, ni en la carretera de Benavente, ni en el cerebro de Berlusconi o en la libido de Jorge Javier Vázquez. Eso son meros sofocos comparados con los 300 millones de grados localizados allá arriba, en una nube de gas ardiente, y que «rodea a todo un enjambre de galaxias», distantes de la Tierra cinco mil millones de años luz. No hay ventilador que refresque eso. Asombro en la comunidad del telescopio.

Según leo, el ardor del corazón del sol no supera los quince millones de grados. Aparte del Big Bang, jamás se había detectado tanta energía calorífica. ¿Y si el gran horno se estropea y nos viene esa ola de agosto infinito?, ¿y si el universo se derrite sobre nuestras cabezas, como pepperoni en una pizza? No nos precipitemos. Si tiene programado un viaje, no lo anule. El Planeta no se nos puede fundir antes de que el Madrid haya rentabilizado el fichaje de Ronaldo, Caja España y Caja Duero estén fusionadas y hayamos vuelto a ganar Eurovisión; casi todo lo demás, puede quedar pendiente: incluso lo de los trajes de Camps, la Llionpedia, y otros culebrones que nos distraen de lo esencial: primum vivere, deinde philosophare. Vale: 300 millones de grados son muchos grados, aunque queden lejos y hacia arriba.

No hay protector solar que te defienda de tal dentellada, ni la esquivas con un botijo. Quienes somos de tensión baja lo tendríamos más crudo. Sin embargo, fuera catastrofismos climáticos. Es sólo gas, aunque amontonado. Seamos como el profesor Punset, quien hasta al caos le encuentra su lado tierno. Tanto calor únicamente puede proceder de los radiadores celestiales, y eso que también tienen que estar notando la crisis.

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