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León

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Fuego amigo | ernesto escapa

C inco años después de entrar en el santoral del Premio Cervantes, Rafael Sánchez Ferlosio acaba de recibir la peana del Premioi Nacional de las Letras Españolas.

Nuestros Delibes, Jiménez Lozano o Umbral tienen también los dos máximos galardones literarios, pero por su justo orden. De hecho, el Premio Nacional de las Letras se estableció como consuelo intermedio para quienes no llegaran al Cervantes, y bien que lo padeció Rosa Chacel, por poner un ejemplo cercano. Cosas del manejo de recompensas por el poder. Yo conocí a Sánchez Ferlosio de la mano de Juan Benet, a causa de su enfado con el reajuste provincial y autonómico del Diccionario de Madoz. El armisticio se selló en el Chivo de Morales con el generoso auxilio de Fariña. Durante los preparativos de aquel encuentro llegué a deducir que el enfado de Ferlosio estribaba en la rebaja enciclopédica de su padre, Rafael Sánchez Mazas. Faltaban décadas para la novela de Cercas, así que entonces aquel remoto ex ministro era apenas un espectro del pasado más ful.

Años después de que Franco le quitara la silla de su Ministerio sin cartera, recibió la bicoca del Diccionario Geográfico de España, que fue el primer cohete de la pirotecnia preparada por el Régimen para cascabelear los Veinticinco Años de Paz. Pero entonces a Rafael Sánchez Ferlosio no le hacía gracia su eventual exhumación, así que se había revuelto contra aquel rescate del Madoz.

Ferlosio había publicado tres artículos entusiastas con motivo de las primeras celebraciones comuneras, aunque sus preferencias no iban tanto por el trío del martirio como por la postergada Beltraneja. Todavía era un autor casi retirado, después de veinte años sin dar un libro nuevo a la imprenta.

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En el año 1974 vieron la luz Las semanas del jardín : dos tomitos de suculenta e indigesta reflexión cervantina.El prodigio se debió al empleo editorial de su hija Marta, luego triturada por el turbión de la movida. Al cabo de los años, su primer libro es quizá la parte de su obra que mejor aguanta al paso del tiempo. Una historia mágica que se consuma a orillas del Carrión: «Palencia era clara y abierta. Por cualquier parte tenía la entrada franca y alegre y se partía como una hogaza de pan».