De Bilbao
La gaveta | césar gavela
Ponferrada viene de dos mundos. Uno lleva a Compostela; el otro vino de Bil bao. La ciudad compostelana está en lo alto. Con sus calles estrechas, y su memoria lenta y bien armonizada en la comarca de viñas y montes; de enclaves mozárabes. La ciudad vieja ahora es nueva, pero sigue siendo antigua, y bellamente recuperada. Los bercianos y los forasteros tienen allí arriba la prueba de la digna historia de la urbe: su castillo grande, la basílica galaica, el ayuntamiento castellano, el museo, el convento, las casas con sus corredores de madera vieja. Esa Ponferrada es visible, practicable y amable. ¿Y la otra, la que vino de Bilbao? Esa ha desaparecido. Pero así son los signos de los tiempos y no tiene sentido detener el paso de los días, las ambiciones y el progreso. Porque hoy Ponferrada es una ciudad interesante, muy viva, laboral y del comercio.
La ciudad jacobea tendría hoy no más de quince mil habitantes de no haber surgido la bilbaína. Que aportó otros cuarenta mil a la suma. Los diez mil que faltan vienen de otra Ponferrada que también existe: la que llegó desde Madrid, vía Franco y la autarquía, la que puso en marcha Compostilla y los pantanos.
Pero yo me voy a la de Bilbao. Porque de la gran ciudad norteña vino la luz oscura del carbón; el fuego rojo del hierro. Ponferrada es vasca por ahí, porque sin la MSP no seríamos lo que somos. Todo lo puso en marcha un señor de la burguesía del Nervión que apareció un día en aquella villa de cuatro mil habitantes. Él traía un libro, que era la constitución de Ponferrada: la nueva Vizcaya en el confín leonés. Julio de Lazúrtegui inventó ese mundo, y poco a poco, con dineros del norte y del centro, se puso en marcha una tardía ciudad industrial, inglesa y decimonónica, en pleno siglo XX.
Conocimos aquel mundo. Llegamos a tiempo de saber qué era eso. Nuestra memoria quedó bajo la emoción de aquellas cosas. Toda la ciudad del norte, la más poblada y llana, era un juego de hierros y carbones. El inmenso barrio de la Puebla era todo vecindad del fragor mineral y del trabajo de los obreros. Una inmensa montaña de carbón era un fabuloso monumento manchesteriano. En sus faldas, corrían muchos trenes bituminosos que iban hasta la central térmica de la MSP, remota entre el monte negro y las huertas del Sacramento. Catedral negra de aquella ciudad, bajo el monte santo de antracita. Luego, a poniente, había unos vastísimos campos de lodo, con tendejones y lavaderos, y por fin la estación del tren de Villablino, con su inequívoca vocación del Far West. Tiempo que vino de Bilbao. Tiempo que se ha ido, huellas que desaparecieron. Pero no. Aún queda, por fortuna, el viejo barco de la antigua térmica privada. Queda ese lugar, ahora adscrito al empeño del Ciuden -”muy hermosa idea-” y ahí, los ponferradinos que ya andamos con años notables, queremos ir a rezar a don Julio de Lazúrteg ui.
Porque muchos de nosotros, la inmensa mayoría, no seríamos de la ciudad si aquel señor de Bilbao no hubiera venido a traer el progreso y la esperanza.