Diario de León
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Tribuna | José Barbero Villatobas

Profesor y Licenciado en Química Industrial

Parece ser que a nuestro Sistema Educativo, por fin, se le va a reconocer lo importante que es en el desarrollo económico de nuestro país. Desgraciadamente hasta ahora, se le ha considerado, fundamentalmente, como una «fábrica de cultura». Grave error que estamos pagando no sólo en estos momentos sino desde el advenimiento de la Revolución Industrial. A lo largo de este tiempo, los sucesivos Gobiernos y las clases influyentes entre las que hay que incluir a la intelectualidad, no supieron marcar la dirección adecuada para subirnos al tren del desarrollo científico y tecnológico, como se hizo en otros países entre los que podemos citar a Francia, Alemania, Inglaterra, EEUU, etcétera, en momentos clave de la historia contemporánea.

De España siempre se ha dicho que es un país de una gran tradición cultural humanística y esto nos honra ya que esta cultura la hemos creado nosotros, los seres humanos, a lo largo del tiempo desde el momento que dejamos de ser unos simples animales que se guían por sus instintos, para convertirnos en seres inteligentes con la capacidad de pensar. Es nuestra marca registrada o como se dice ahora, nuestra denominación de origen que nos distingue del resto de los animales y nos eleva a la categoría de personas. Desgraciadamente, este tipo de cultura no es capaz de generar riqueza material suficiente mientras que la cultura científica sí, ya que las ciencias experimentales como la Física, la Química, ayudadas por las Matemáticas, dieron paso a la aparición del maquinismo y, en definitiva, a los procesos industriales creadores de millones y millones de puestos de trabajo.

Mientras que las personas tengan que trabajar para vivir dignamente, el Sistema Educativo además de «culturizar» -”objetivo intermedio importantísimo-” tiene que proporcionar, y ya desde la Enseñanza Secundaria (no olvidemos que en ella está la Formación Profesional), los conocimientos profesionales adecuados para poder integrarse en el mundo laboral con la mayor garantía de éxito. Éste debe ser el objetivo final de nuestro sistema educativo. Este objetivo concuerda mas con la realidad ya que no nos engañemos, no estudiamos solamente para aprender. Queremos que estos conocimientos, al final, se conviertan en una profesión. Esta es la dirección que debe de seguir para que pueda cumplir con las necesidades que en este siglo XXI, en un mundo globalizado y altamente tecnificado demanda. Es más, mientras el Sistema Educativo no sea considerado como el primer eslabón de la cadena, que forma conjuntamente con el mundo de la Empresa y el Sistema Financiero y que mueve la Economía del país, no cumplirá con el objetivo final indicado.

Si analizamos el Sistema Educativo por niveles veremos por ejemplo, que el nivel Superior o Universitario ha tenido siempre, muchos fallos que recientemente los ha puesto de manifiesto el llamado Plan Bolonia. Esto ya lo decían, hace décadas, diferentes organismos internacionales relacionados con la educación, la economía y la empresa. Según ellos los conocimientos que se imparten son demasiado teóricos, incluso en las Facultades de Ciencias Experimentales y Escuelas Técnicas de Ingenieros. La consecuencia es que no cumplen las necesidades que el mundo laboral demanda. En definitiva, no existe una suficiente interconexión Universidad-Empresa, ya que los alumnos con esa excesiva carga teórica no pueden compaginar estudios y trabajo. Lo dicho anteriormente se puede ampliar a las Facultades de Matemáticas, Economía, Derecho y Letras. Otra crítica que indicaban los citados organismos era que las carreras eran excesivamente largas, sobre todo, las ingenierías superiores que llegaron a tener siete cursos.

Por otra parte, de qué sirve que salgan tantos Licenciados e Ingenieros si luego no se les aprovecha lo suficiente, ya que la mayoría de las Universidades españolas carecen de departamentos de investigación y los diferentes Organismos Públicos dedicados a ella, no se ven potenciados lo suficiente por los Gobiernos de turno, y esto trae como consecuencia que emigren a otros países que se aprovechan de sus capacidades. Lo mismo les ocurre a las empresas netamente españolas que por su tamaño, no se pueden permitir tener departamentos de investigación. Las graves consecuencias de esto es que carecemos de una Tecnología Industrial propia, lo que nos hace muy vulnerables al no ser lo suficientemente competitivos frente a las empresas multinacionales instaladas en España que si la tienen, pero que en momentos de crisis cierran sus fábricas para irse a otros países -”los llamados emergentes-” donde la mano de obra es mas barata. La consecuencia: mas paro.

Para evitar todos estos problemas nuestros Gobiernos, a partir de ahora, apoyándose en nuestro sistema educativo y todos los Organismos estatales y privados relacionados, tienen que orientar sus sinergias en las tres direcciones fundamentales que hacen que un país progrese económicamente: Investigación, Desarrollo e Innovación ( I + D + i).

Si en la Enseñanza Universitaria no se ha potenciado suficientemente el lado práctico encaminado al mercado laboral menos se ha hecho en este sentido en la Enseñanza Secundaria. En el diseño de su organigrama siempre se han seguido unos criterios que han conducido a una enseñanza decimonónica, enciclopédica y memorística, pensando sólo en el Bachillerato y olvidándose de que en ella está la Formación Profesional. Siempre ha dado la sensación, hablando en términos futbolísticos, que esta última es la segunda división y el Bachillerato, la primera. Claro está, la mayoría de los alumnos quieren jugar en primera. Esto provoca ya una primera distorsión en las necesidades del mercado de trabajo ya que se produce un déficit de trabajadores de formación práctica cuyos conocimientos se adquieren en la Formación Profesional. Por esto, también hemos recibido críticas de los organismos internacionales antes mencionados. En los procesos productivos no sólo se necesitan técnicos a nivel de Licenciado o Ingeniero si no también, los que salen de los módulos de Formación profesional y de los módulos de grado superior no universitario que son los que se encargan del manejo y mantenimiento de las máquinas y aparatos que en ellos se emplean y en los de cualquier otro campo de la vida diaria.

A estas alturas, en el siglo XXI, no vale decir que un alumno está mal preparado porque tiene faltas de ortografía, no sabe situar cronológicamente un hecho histórico, no sabe qué río pasa por tal ciudad o no sabe cuál es la fórmula química del ácido sulfúrico, por ejemplo. Por supuesto que el ideal es que lo supiera.

Es evidente, que ante una reforma de este nivel de enseñanza sería un error continuar con los criterios que se han seguido hasta ahora: a) Gobierno y oposición se enzarzan en discusiones bizantinas de si la Educación para la Ciudadanía es una asignatura ideológica o si la Religión debe ser una asignatura obligatoria, etc. b) los profesores de Enseñanza Secundaria se preocupan de defender sus intereses corporativos, en el sentido de que la materia que imparten es decisiva. El Ministerio de Educación aprovecha esta división del profesorado para no consultarles a pesar de que los que más saben sobre Enseñanza Secundaria son ellos. No se dice que la experiencia es un grado. A pesar de esto, prefiere rodearse de asesores de nivel Universitario. Se sigue el criterio de jerarquización académica.

En definitiva, todos los implicados en la reforma de nuestro Sistema Educativo no deben olvidar, aparte de lo ya expuesto, que tiene como misión moldear la «materia prima» más importante de un país y que no es el petróleo, o el carbón, es la juventud. Su futuro.

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