Diario de León
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Fronterizos | miguel a. varela

La cosa, por lo que parece, fue así. Durante el concierto que el grupo liderado por Larry Ochs ofrecía en el Festival Internacional de Jazz de Sigüenza un espectador, sólo o en compañía de otros, planteó una reclamación que debió traer de cabeza a la organización del evento. El quejoso oyente argumentó que lo que el saxofonista estadounidense inter­pre­­­taba no era jazz sino «música contemporánea», género que, argumentó el denun­cian­te, tiene «contraindicado psicológicamente» por prescripción facultativa y así lo hizo cons­tar en la hoja de reclamaciones cumplimentada en el lugar de los hechos. Hasta aquí, el asunto no deja de tener su gracia chusca: yo pagaría por conocer al médico que le firmó esa contraindicación, que, de extenderse, sembraría el pánico en algunos cas­ti­llos que yo me sé.

Pero el espectáculo tuvo una segunda parte inesperada en la que la acción se fue por los derroteros del surrealismo hispánico, transformándose en un episodio digno de esa película de culto llamada «Amanece, que no es poco». Personada la Guardia Civil en el concierto, un miembro de la benemérita sometió a examen pericial la interpretación de Ochs para concluir taxativamente dándole la razón al cabreado espectador: lo que el grupo interpretaba, efectivamente, no era jazz. Si en el pueblo creado por José Luis Cuerda, el sargento magistralmente interpretado por Saza vigilaba con celo la manía del exiliado argentino de plagiar a Faulkner, en lo que pasa por ser el mundo real, el cuerpo uniformado vela por la pureza artística de los géneros en un suceso que está pidiendo a gritos la creación de un cuerpo policial específico que será el terror de los pro­gra­ma­do­res musicales, de los directores escénicos posmodernos y de los museos de arte contem­po­ráneo pero conseguirá, eso sí, hacer brillar el auténtico arte. Y, de paso, definirlo en un reglamento.

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