El derrumbe de Fabero
Tribuna | Aida Terrón Bañuelos
El día 19 de Noviembre el Diario de León publicaba una nota de prensa de Izquierda Unida de Fabero que denunciaba el corrimiento de tierras en el talud de la fábrica de neumáticos de Fabero.
La fábrica de neumáticos se asienta sobre terreno recalificado por el Ayuntamiento como industrial y que realmente ha sido toda la vida un monte de castaños. La empresa a la que se adjudicó ese terreno decidió allanar la parcela, tapando el profundo y ancho cauce de un arroyo que allí existía, y creando un talud de barro arcilloso que se alza con una altura de 35 o 40 metros sobre fincas que se hallan a unos 25 metros y casas habitadas a 60 metros. Todo esto sin licencia ni permiso de la Confederación Hidrográfica y con denuncia incluida. Pero poco parece importarle esto al dueño y señor de la fábrica.
Dicho talud está recorrido en la mayor parte de su perímetro por un camino vecinal usado para acceder a ese monte desde hace muchos decenios. Camino por el que suele pasear gente con sus animales, con sus hijos e hijas, durante casi todo el año, y que se usa acceder a los castaños, recoger setas, coger agua de las fuentes, o simplemente pasear. No sólo este camino desapareció con el derrumbe, sino que la «lengua de barro», que en muchos sitios tiene unos dos metros de altura, ha entrado en fincas particulares colindantes.
¿Creen ustedes que hay que dejar pasar este tipo de negligencias sin más, simplemente porque no ha habido víctimas, simplemente porque no había nadie paseando en ese momento por allí? ¿Permitiríamos construir un edificio sin andamios ni redes de seguridad, simplemente por que no pasa nadie por los alrededores de la obra? ¿Y una central nuclear descuidando el control de la radioactividad, simplemente porque no hay poblaciones cercanas?
Habrá quienes consideren que estos son «efectos colaterales» del progreso, que hay que plegarse a él y que llamar la atención sobre este asunto es puro alarmismo: al fin y al cabo, no se han producido desgracias personales. Hagamos votos porque así siga siendo. Pero hay quienes pensamos que el derrumbe físico que se ha producido no deja de reflejar un derrumbe moral al que deberíamos estar atentos, porque nos va mucho en ello, aunque no sea tan visible.
He nacido en Fabero, mi familia lleva muchas generaciones arraigada en ese pueblo, tengo allí mi propia casa a la que voy frecuentemente, podo mis árboles, paseo por sus alrededores, compro en sus tiendas y conozco a buena parte de sus vecinos, que fueron, durante muchos años, los míos. Mis hermanos, tíos, sobrinos y parientes viven allí. Y procuro que mi hijo, nacido y vecino de Gijón, vaya con frecuencia y trate de sentir que allí están sus raíces. Que trate de conocerme, conociendo el sitio en que me crié y formé. Lo procuro, convencida de que para él, conocerme, comprenderme, es importante, tanto que ello constituye, precisamente, aquello que le unirá más a mí. El afecto, la unión que nuestros hijos establecen con nosotros cuando son pequeños es natural y espontánea. Después, cuando son adolescentes y necesitan «soltarse» de nosotros para ser ellos, tienen que conocernos, identificarnos, para volver -”ahora como mayores-” a unirse a nosotros, a aceptarnos, respetarnos y querernos. Por eso me importa que me conozca.
Pero, en la misma medida, me importa que ese conocimiento complejo y respetuoso de sus mayores, le forme como persona; creo (y lo creo con cierto fundamento, porque educar es mi oficio) que no lo será de manera profunda y completa si no llega a entender que es importante buscar los hilos con lo anterior; que «vivir al día», «usar y tirar» «romper lo viejo para comprar lo nuevo» es sólo una estrategia maldita mediante la que el mercado engorda las arcas de los capitalistas. Que eso no lo hará más feliz, que eso sólo hace a las personas más «satisfechas» pero no mejores.
Preocupada, me pregunto: ¿debo seguir empeñada en esta filosofía de vida, cuando me quedo tan tranquila mientras que un «señor feudal» puede impunemente destrozar el monte de un pueblo por sus puros chanchulleos mercantiles? (por cierto, hablo ahora del monte de un pueblo: ¿hacemos la lista de sus rapiñas y destrozos no sólo en el Bierzo sino en toda la geografía nacional, incluyendo la misma ciudad en la que vivo?). ¿Debo aclarar a mi hijo que, además, hace esto sin las autorizaciones necesarias para ello y no pasa nada?, ¿O debo ocultárselo, para que siga creyendo que realmente vivimos en un estado de derecho y en una sociedad democrática?
Y todavía más: ¿debo confesarle que sus mayores todavía no han entendido que la explotación indiscriminada de los recursos naturales, el destrozo del planeta que nos alberga por un puro lucro inmediato, sólo conducirá a una inminente miseria material y moral? ¿Debo, finalmente, confesarle que a buena parte de la llamada izquierda le han «vendido la moto» de que dejando al capital arrasar con todo, este le compensará con las migajas de unos puestos de trabajo?
Y quizá aquí está la madre del cordero. Se llama «ceguera». Cuando comenzaron las excavaciones del monte de Fabero para hacer ese talud artificial que ahora se ha derrumbado, un «sicario» de la empresa de Victorino Alonso vino a pagarnos unos duros por los castaños que iban a tapar. Obviamente no le dimos mucha opción: ¿cuándo habíamos puesto a la venta esos castaños? Prepotente y seguro, nos manifestaba su lástima porque no aceptásemos su «limosna», ante una situación -“como así ha sido- que él veía ya consumada.
Discutí con él el sinsentido de destrozar el único trozo de monte que le queda a un pueblo arrumbado y expoliado en sus recursos y en su paisaje. Aquello del «pan para hoy y hambre para mañana» (¿cuánta hambre y durante cuantos años ha quitado el monte? ¿Quién sabe si no la ha de seguir quitando?) Y me saca la historia de los puestos de trabajo. ¿Cuántos puestos?, le pregunté. Porque yo entiendo que, efectivamente, la gente necesita trabajar, y quizás me convenzas. ¿Cincuenta puestos?, insistí, ¿veinticinco puestos? ¿por cuánto tiempo? ¿por veinte años? ¿por cinco? , ¿firmáis eso? , ¿podéis firmar el número de puestos y el número de años?,-¦ Su respuesta fue absolutamente clarificadora: «Hombre, ¡pero tú que dices!, ¿qué empresa te firma hoy nada?».
¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿En que destrozo moral vivimos? ¿Qué desregulación de todo derecho, de toda lógica, hemos alcanzado tanto los particulares como las instituciones? ¿A dónde vamos? ¿Qué podemos enseñar que sea consistente, que no se contradiga con el mundo real en el que viven nuestros hijos? Cuando, desbordados y sin saber que hacer, confesamos no saber cómo afrontar sus conductas egoístas, despegadas o irrespetuosas con todo y todos, ¿qué autoridad tenemos? ¿cuál puede ser su confianza en nuestras palabras? Después de tantos interrogantes, creo que me voy aclarando: debía estar equivocada...; ¡mejor, que no nos conozcan!