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León

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Panorama | antonio papell

Sin d ramatismo y con toda normalidad -”una normalidad inquietante por la frialdad que trasluce-”, se ha celebrado en Cataluña una consulta simbólica e informal sobre la soberanía, pero frente a la vitriólica contundencia del terrorismo independentista que practica el radicalismo vasco, Cataluña lanza un mensaje pacífico de una mucho mayor contundencia intelectual: después de seis años de inquietante desencuentro en la búsqueda de un encaje institucional cómodo en el seno del Estado de las Autonomías, y cuando aún planea la amenaza de una grave regresión a cargo de un Tribunal Constitucional con muy escaso remanente de prestigio a estas alturas, Cataluña lanza un educado y tranquilo pero firme mensaje de hastío que el resto del Estado no puede ni debe desconocer.

Cualquiera que pulse el estado de ánimo de la sociedad catalana percibirá sin demasiado esfuerzo una desazón cargada de cierto resentimiento. Con independencia de sus ideas políticas, que sólo matizan su posición de fondo, el ciudadano medio de Cataluña se siente mal comprendido e injustamente atacado por el centralismo español, concepto en que se engloban la opinión pública estatal y los grandes partidos. Así por ejemplo, en el Principado irrita especialmente que desde fuera de Cataluña se denuncie la existencia de un conflicto lingüístico que no es real en absoluto. Primero, porque para la inmensa mayoría de los ciudadanos la lengua no es más que la entrañable herramienta de comunicación, sin ingredientes agresivos de ninguna clase, y, segundo, porque el bilingüismo de la región, en la que los flujos inmigrantes de castellanohablantes han sido intensísimos desde los años cincuenta del pasado siglo, ha sido en todo momento una realidad magníficamente gestionada por el sentido común y el insti nto tolerante de la sociedad civil. Tampoco digiere bien la ciudadanía catalana el permanente gesto de desconfianza y superioridad con que «Madrid» observa el proceso político catalán, como si tuviera que tutelar el descarrío de una colectividad inmadura. En este sentido, los referendos independentistas expresan, con una sutileza que convendría que aprehendiera la clase política española, que Cataluña es parte integrante de España porque así lo quiere hoy, positiva y explícitamente, una masa crítica elevada de catalanes, y no por algún designio histórico o trascendente ajeno a la pura racionalidad. De forma que si este hastío que hoy se siente y se manifiesta llegara a mayores, hasta convertirse en rechazo y en irritación rupturista, Cataluña exigiría imperativamente, aunque sin levantar la voz, el cese de la actual convivencia, que se habría vuelto insoportablemente incómoda para los catalanes.

Ya se sabe que este incipiente hartazgo está siendo explotado por minorías radicales y por fuerzas nacionalistas primarias que juegan con los sentimientos de la ciudadanía. Pero junto a esta explotación inicua de los demagogos soberanistas, hay que denunciar también la manipulación del problema a cargo de las fuerzas estatales, que enarbolan la cuestión autonómica como arma arrojadiza para desgastar al adversario. La desazón catalana, tan evidente, es un aviso, que el establishment español debería recibir con espíritu abierto y sincero afán por regresar a la fecundidad del diálogo creativo y sincero. De momento, no hay indicios de que la llamada de atención haya sido correctamen te interpretada.

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